Algo sobre Las ciudades invisibles de Calvino

En la nota preliminar de Las ciudades invisibles Italo Calvino nos habla de la existencia de una puerta que cada lector hallará en un lugar diferente: “un libro (…) es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir”.

Se entra y se sale siendo otros “porque el pasado del viajero cambia según el itinerario cumplido (…) Al llegar a una nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos”, escribe Calvino a propósito de los viajeros, peregrinaje que también es el de los lectores.

En ese espejo invertido vemos lo que la ausencia y el deseo nos insta a ver, así como ocurre a los viajeros que ven a la ciudad de Despina según el modo de su arribo: si llegan por tierra verán/anhelarán puertos, salitre y velas y si lo hacen por mar verán/desearán caravanas de camellos en las dunas jorobadas del desierto.

“—Yo hablo, hablo —dice Marco— pero el que me escucha retiene sólo las palabras que espera (…) Lo que comanda el relato no es la voz: es el oído”. Es Marco Polo el que habla acá, encantador como Scheherezada, a sabiendas de que el trayecto o al menos la variedad de sus sinuosidades está ya de antemano en el oído de quien escucha las historias. Así que acaso esa puerta dicha nunca estuvo trazada en lugar alguno y entramos en los libros con la intención de encontrarla o decidirla, inventarla, o para decirlo con la voz del viajero: “La mentira no está en las palabras, está en las cosas”.

La puerta de salida nos deja acaso como al propio emperador Kublai Kan a quien Marco Polo le relata sus memorias de ciudades visitadas o soñadas (verbo que acá es legítimo entender como sinónimos): “En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos”.

Salimos de los viajes de los libros con la conciencia de nuestra nimiedad ante lo vasto y diverso y por ello mismo con una renovada dignidad.

O no, no salimos, sino que renovamos la mirada, que también es una manera de salir de nuestra minúscula ciudad sitiada. Es así como me gusta leer el final del relato de Polo al melancólico emperador:

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Jesús Miguel Soto Rincón

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