Me ha resultado muy estimulante la lectura de la novela Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, no sólo por su poderosa belleza, el arco luminoso de sus frases, en fin, el español en su plasticidad más elegante (¡un verdadero monumento de nuestra lengua!), sino también porque su rítmica prosa es un valioso retrato del espíritu del Renacimiento, época de violencia, gloria y de la divinidad del arte. Creadores y hombres que sufren (pero al fin hombres como centro del universo) son pintados en este gran lienzo de belleza luminosa y sangrante: Cellini, Vasari, Lotto, Tiziano, Miguel Ángel, Paracelso, Carlos V, Pietro Aretino, e incluso un breve cameo de Cervantes antes de la batalla de Lepanto.
El libro es una presunta biografía del jorobado duque de Bomarzo, Pier Francisco Orsini, descendiente de una gloriosa casa italiana pero desgraciado desde nacimiento por su deforme naturaleza. Su talante orgulloso, su obsesión con la vida eterna y su vital anhelo de tener un destino lo hacen un personaje perverso (como bien lo demanda la época) que finalmente encuentra un caudal para su propio devenir: ser un artista, un artista de la bella monstruosidad.
El duque es un monstruo que no puede llegar a ser un honorable hombre de guerra (como su hermano, su padre y su abuelo). Inseguro y asqueado de sí mismo, a causa de la carga asimétrica sobre sus espaldas, su refugio (o más bien su nuevo transitar) es la experiencia estética; o en otras palabras, su pasión por la belleza es una suerte de consecuencia de su propia deformidad, un olvidarse de su carcasa deforme y perecedera.
Su padre alguna vez le dijo que “los monstruos nunca mueren”, y Pier Francesco asumió esa frase como una profecía de su propia vida eterna (que también había sido presagiada en la lectura de su zodiaco). «Por ser pequeño y contrahecho, anhelaba lo desmesurado, la abrumadora belleza formidable que triunfa sobre las mezquinas proporciones corrientes y cuya sombra, a semejanza de la de una grandiosa nube, anula lo demás. Entre esos colosos, yo desaparecería…», piensa el duque sobre la obra que proyecta y que es la página del destino en la que sí está su nombre.
Así, luego del intento de sus memorias en papel, el duque termina encontrando la eternidad en un libro de rocas: sus monstruosas esculturas de piedra que perduran hasta hoy en el llamado Parque de los Monstruos o Jardín sagrado de Bomarzo, provincia al centro de Italia.
En algún momento el duque dice que los artistas corrigen los errores de Dios, pero él (al dar al mundo estas perturbadoras obras de piedra) evitó subsanar el yerro del creador en el mundo terrenal y representó sus memorias con la veracidad de un sueño desnudo. “Perdido en el bosque de los objetos, olvidaría la selva de los hombres”, así fue el destino que el duque esculpió, su apuesta contra el tiempo.
Jesús Miguel Soto Rincón
¿Algo que te gustaría agregar?