
El pasado 15 de mayo participé como escritor invitado en la Tertulia Latina, un evento organizado por la asociación cultural CreArte Latino y presentado por la librería Bookstore1, en el centro de Sarasota.
El encuentro fue una experiencia artística multidisciplinaria que combinó literatura, música y artes visuales. Junto a la escritora cubano-estadounidense Ofelia Díaz, leí poemas sobre el exilio desde distintas perspectivas: no solo como fenómeno migratorio, sino también como exilio interior, la sensación de no terminar de pertenecer a ningún lugar, de mudar la piel una y otra vez, la nostalgia por el pasado y por lo que hemos dejado atrás.
La escritora colombiana Elvira Sánchez Blake anunció el lanzamiento de la versión al inglés de su libro Suma Paz, A Chronicle of Love and Peril in Defense of Nature, una crónica sobre el asesinato de líderes ambientalistas en el contexto del conflicto armado colombiano. Un tema que resuena entre los latinoamericanos, marcados por formas de violencia tanto “pasiva” como “activa”, donde se desdibujan las fronteras entre el terror del Estado y el de los grupos paramilitares.

Además de los sonidos de la poesía también estuvo la música en vivo del grupo Tierra Nueva, que cuentan con un variado repertorio de música andina. Pienso que Los Andes, esa cordillera que recorre buena parte del continente, es como la columna vertebral de América Latina, con resonancias hasta el Caribe y la selva. Así que todos esos sonidos son como una segunda lengua, o más bien un lenguaje antiguo que llevamos dentro.
A lo largo de la tertulia, sentado frente a su caballete en el fondo de la sala, el artista plástico Larry Henry, pintó en vivo una obra en acrílico sobre lienzo inspirada en los poemas que yo iba leyendo. El resultado fue Of the Tides and Winds, una pieza magnífica que capturó esa tormenta interior y exterior que representa, en lo personal y colectivo, la diáspora. Muchos venezolanos que hemos dejado el país físicamente, pero no espiritualmente, nos sentimos como esa pelota colorida a la deriva que pintó Henry, en una marea incierta, oscilando entre la calma y la turbulencia, ignorando si nos alejamos o nos acercamos a la orilla, sin saber si acaso en realidad existe un puerto de llegada.

Leer en público mis textos por primera vez desde que llegué a Estados Unidos, hace ya casi seis meses, fue una experiencia muy gratificante. Saber que nuestras palabras pueden ser escuchadas —incluso en medio de la tormenta, del ruido y del silencio— es un bálsamo sanador mientras navegamos en ese mar valeriano que siempre está recomenzando.

Jesús Miguel Soto
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