Algo sobre Los Sorias y las novelas monstruo

Las novelas monstruo son magníficas por su deformidad, por el caos de sus pasillos y barrancos, por su riqueza inagotable de significados, a veces por la fuerza de su estilo, monstruoso en su soledad de isla. Gargantúa y Pantagruel, Paradiso, 2666, GRM Brainfuck, Solenoide, Tadeys, Museo de la Novela de la Eterna, La vida instrucciones de uso… son novelas monstruo, siempre interminables, exuberantes en su sensualidad o en su rareza, cambiantes a medida que se recorren, o más bien cuando uno es engullido por ellas.

Los Sorias, del argentino Alberto Laiseca, es de este tipo de libros, donde cabe todo hasta el desborde: el horror y el humor, el disparate y la tortura, lo absurdo y la implacable lógica de los mecanismos del poder. El universo creado por Laiseca quiere contener todos los mundos posibles e imposibles. No es solo parodia o sátira política. Es una reedificación de sentidos, de los escombros, de la moral, de la historia.

Aquí los mecanismos del poder totalitario son bastos, incomprensibles y letales. Recuerdan a la muralla china de Kafka, solo que acá el poder tiene rostro, muerde con los dientes afilados de su sonrisa casi contagiosa (como un virus). “Hijos míos, escuchadme: yo soy un hombre que se niega a matar sin alegría”, así habla el Monitor, dictador absolutísimo de la Tecnocracia.

Los Sorias va de lo mínimo a lo máximo y viceversa: “Matar a un individuo también es un genocidio”, escribe Laiseca. Una frase que debería estar en la lápida de la humanidad. En la Tecnocracia los genocidios son personalizados, la tortura individualiza el dolor colectivo de aniquilar naciones enemigas, culturas, opositores, rebeldes, traidores. Todo será destruido pero mejor si ocurre muy despacio.

La guerra entre tres dictaduras (Tecnocracia, Soria y Unión Soviética) es latente, quiere ser total. En el universo de Los Sorias el propósito supremo del poder es la destrucción, la aniquilación del cuerpo, uno a uno si es posible. Aquí hasta las máquinas mueren: “Nada más aterrador que ver por primera vez un tanque incendiado. Desmoraliza verificar que un monstruo así también puede ser destruido. Luego uno se acostumbra”, dice Personaje Laiseca en algún momento de la historia.

Entre los muchísimos temas que abarca, tritura y engulle, esta es una novela sobre la destrucción, sobre las máquinas voraces de machacarlo todo, incluso a sí mismas. Lo único que no muere es el sufrimiento, el horror, la atrocidad. Todo y todos están condenados. “En aquél país el dolor y la tragedia son indestructibles”, así queda resumido este mundo.

En el “realismo delirante” de Laiseca hay:

  • dictadores más crueles que sus propios designios: “Sólo si yo mismo ignoro o tengo oscuros mis objetivos, es que no podrán comprenderlos mis rivales y así permaneceré impenetrable, protegido por las fuerzas del inconsciente colectivo”,
  • robots parlantes diseñados para recitar historias: “No sé inventar. Únicamente mezclar textos y hacerlo pasar por un libro nuevo”, acaso aludiendo al libro del terror político y sus sabidos renglones,
  • música clásica que no se dirige con batuta sino con “picana eléctrica”: “La Sinfonietta, de Paralelepipedinsky Iseka, compuesta para mil guitarras eléctricas, doscientas maderas, treinta triángulos, veintidós plásticos y ochocientos timbales, aún dos años después de estrenada, continuaba inspirando terror a los directores de las salas de concierto”, y también una orquesta donde los instrumentos son personas amordazadas y torturadas para que sus gemidos, aullidos y sollozos diversos sean la música que deleita a los oídos,
  • periódicos de la dictadura con las noticias que necesita el pueblo: “Un hombre vivió a causa de haber comido una porción de sardinas en buen estado”,
  • prisiones humanitarias para los opositores (porque en las dictaduras los Derechos Humanos siempre son prioridad): “Tenían alojado a Mariani Mozart en un calabozo estrechísimo, pero de ochenta y tres metros de alto. Esta celda era, en efecto, de un volumen de casi cien metros cúbicos. Si algún posible preguntón hubiese interrogado sobre las condiciones humanas de su encierro, inmediatamente le hubieran contestado: «Lo tratamos bien. Está en una espaciosa celda de cien metros cúbicos»,
  • códigos de magia para dominar y anular las conciencias: “el Antiser (o Dios del Mal) operaba sobre los hombres a través de las distorsiones idiomáticas”,
  • divinidades sensuales y monstruosas: “veinticinco órganos genitales, distribuidos éstos de la más extraña manera”, porque “Los hombres tienen los Dioses que se merecen”,
  • mendigos sagrados e intocables: “El Jefe de Estado amaba a esos hombres, como ya se dijo, pues afirmaba que los vagabundos eran animales mágicos, protectores de la Tecnocracia”,
  • y fabricantes de zombies con “pedacitos de cadáveres de Alejandro Magno, Genghis Kahn, Atila, Hitler, Nerón y otra gente tremebunda”.

La lógica del mundo de Los Sorias es la misma lógica implacable e impecable de los catecismos de la burocracia y sus fusiles: “Yo más bien propongo que le hagamos la autopsia primero y que lo fusilemos después”, porque se sabe que hay “Cambiar el futuro para borrar el pasado”.

En Los Sorias, como buena novela monstruo y maximalista, todo es excesivo. Dentro de su desorbitante y desopilante genialidad también sobra muchísimo, porque un monstruo es capaz de resistir la mutilación, la lectura diagonal, los saltos caprichosos de página y aun así mantener su esencia intacta. Su bestialidad también radica en su extensión, Laiseca se propuso que fuera mayor que el Ulises de Joyce (al menos en cantidad de palabras).

De sus páginas uno sale golpeado por el mamotreto, lleno de mordiscos, algo loco como después de haber pasado una temporada frente a una zarza ardiente del desierto. «Laiseca muestra lo que significa un uso de la lengua en condiciones de peligro extremo», escribe Ricardo Piglia en el prólogo de la novela. Eso es Los Sorias, el lenguaje bajo fuego.

A Los Sorias, es decir, a Laiseca, le debo bastante: horas de lectura fascinante y alucinada, imágenes que he hecho mías de manera consciente o inconsciente, y sobre todo otras que ya poseía (quién sabe de dónde heredadas).

Jesús Miguel Soto

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