Algo sobre La maleta, de Serguéi Dovlátov

La burocracia soviética le permite solo tres maletas a Dovlátov al salir de la URSS. Parece poco, pero a él incluso le basta con una, de modesto tamaño. En ella lleva unas pocas reliquias (unos calcetines, un cinturón, una chaqueta, unas botas, etc.).

«Existe una razón para que cada libro, hasta los que no son muy serios, tenga la forma de una maleta», escribe Dovlátov. La maleta es el tejido de historias de sus roídas pertenencias.

El peso de la exigua maleta de Dovlátov es el mismo del horror de ese atroz y prolongado experimento que fue la URSS. Pero él la lleva con cierto desparpajo etílico. El humor contra el horror, la mirada del humor que desnuda a éste y exhibe su ridiculez. No olvidemos que el mal también se fragua en las pantomimas. Toda la verborrea revolucionaria tiene su semilla en ese gesto.

En un episodio de la novela en el que a Dovlátov le toca ser actor de una película de aficionados éste recibe unas indicaciones que bien podrían ser el manual para cualquier político o activista revolucionario:

—La escena es sencilla —susurró Shlíppenbaj con ardor cuando estuvo todo listo. Te aproximas a la caseta. Miras a todo el público con indignación. Después, pronuncias un discurso.

—¿Qué debo decir?

—Lo que se te ocurra. Las palabras no tienen sentido alguno. Lo fundamental es la mímica, los gestos…

Y por acá también insinúa el manual para el artista revolucionario:

Una vez agotada la biografía de Lenin, Danchkovski se dedicó a temas mixtos. Escribió Lenin y los niños. A continuación, Lenin y la música, Lenin y la pintura, así como Lenin y la agricultura. Todos aquellos libros fueron traducidos a multitud de lenguas.

La historia del equipaje de la maleta nos produce una risa amarga, pero risa al fin, acaso una de las últimas resistencias (aunque inútil) contra el poder. O en todo caso esa risa es el efecto de una forma de mirar. No la podemos evitar cuando Dovlátov nos cuenta el resultado de un fallido negocio ilícito de calcetines finlandeses:

Pero solo una cosa no cambió. Durante veinte años anduve con calcetines color guisante. Los regalé a todos mis conocidos. Guardaba en ellos los adornos del árbol de Navidad. Los utilizaba para limpiar el polvo. Tapaba las grietas del marco de la ventana con los calcetines. Y, de todos modos, la cantidad de calcetines no disminuía apreciablemente.

O cuando roba las botas de un alto funcionario durante un banquete y éste finge malestar físico antes de confesar que ha sido burlado y desnudado. en público.

Acá la idea del robo como «disidencia contenida» o «esencia criminal»,  Dovlátov la emplea para burlarse de lo que sería la esencia del alma rusa/soviética.

Hace doscientos años, el historiador Karamzin visitó Francia. Los emigrantes rusos le preguntaron:

—En resumen, ¿qué ocurre en la patria?

Karamzin ni siquiera necesitó dos palabras.

—Roban —fue su respuesta…

En verdad, roban. Y cada año roban más. De la sala de despiece se llevan cuartos de ternera. De la fábrica textil, la hilaza. De la fábrica de proyectores de cine, las lentes. Se lo llevan todo: mosaicos, yeso, polietileno, motores eléctricos, pernos, tornillos, válvulas electrónicas, hilos, vidrio.

Con frecuencia, todo esto adopta un carácter metafísico. Hablo de robos misteriosos, sin objetivo lógico conocido. Estoy seguro de que eso solo tiene lugar en el estado ruso. Conocí a un hombre delicado, noble, educado, que robó de su empresa un cubo de mezcla de cemento. Por el camino, la mezcla se endureció, como era de esperar. El ladrón abandonó aquella piedra no lejos de su casa. Otro de mis amigos rompió la cerradura de un punto de agitación. Se llevó una urna electoral. La escondió en su casa y se tranquilizó. El tercero de mis conocidos se llevó un extintor. El cuarto robó del despacho de su jefe un busto de Paul Robeson. El quinto, un anuncio callejero. El sexto, un pupitre de un club de aficionados a la música.

Robos absurdos que se acercan a lo cómico no por la intención, ni por el resultado (fallido siempre), sino por la mirada que los cuenta. Vandalismo un poco infantil que en nada hace contrapeso a la burocracia revolucionaria o a los campos de prisioneros.

Entre otras cosas (en esa forma de vida) se trata de robar, de tracalear, y de padecer. Por último, se trata de escapar, pero en el entretanto la vida consiste en ir nutriendo la maleta.

Y he aquí que mi mujer decidió emigrar. Y yo decidí quedarme.

Era difícil decir por qué había decidido quedarme. Obviamente, aún no había llegado a un límite fatal. Aún quería aprovechar oportunidades indefinidas. O quizá aspiraba inconscientemente a ser reprimido. Eso ocurre. El intelectual ruso que no ha estado en la cárcel no vale nada

Jesús Miguel Soto Rincón

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