Algo sobre Piñera, Kafka y la imaginación

En El secreto de Kafka Virgilio Piñera hace una apología de la imaginación en el arte (o el arte como imaginación) en contraparte con el realismo, los laberintos psicológicos y esa suerte de lastre (inevitable) que resulta leer a los contemporáneos desde la tiranía de la actualidad.

Esta manera de mirar, que comparto casi siempre, resulta harto grata para reencontrarse con algunos clásicos y vislumbrar algunos contemporáneos posiblemente convertidos en aquellos; es decir, recorrer sin los mapas del hoy las “arquitecturas de imágenes” que los sustentan.

Así, a un supuesto lector de Kafka en 2045, nos dice Piñera (y bien podríamos decir 2145 o 2666), “no se le vería aplastado por las ineludibles cargas de actualidad (…) estará en mejores condiciones estéticas que nosotros para la recepción de la obra, como que recibirá íntegra su médula, esto es, la invención literaria, y tendrá oportunidad de comprobar –placer supremo– que Kafka es solo un literato, un creador de imágenes, de juguetes de imaginación”.

Kafka es presentado acá como un gran fabulador que se seguirá leyendo sin importar que el referente de los infiernos burocráticos de los Estados modernos resulten en un futuro distante un eco ininteligible.

La actualidad siempre caducará (aunque luego amague repeticiones) como historia y como moral. El lenguaje, aunque tardará más, también será ruina ilegible sin el puente del filólogo y traductor, y de estos tres la imaginación es la que creo perdurará al menos un poco más y eso dentro de los límites en los que la realidad la vuelve obsoleta o la afirma (ejemplo 1: los avances en genética, ejemplo 2: exploración espacial, ejemplo 3: gestores de memoria e información, etc).

No es que exista un arte puro con una sola de estas tres coordenadas: representación de la actualidad, lenguajes/materiales, e imaginación; sino que acaso la última representa el mayor portento, la última resistencia ante el tiempo y sus propiedades corrosivas.

Acá no solo pienso en las historias de Las mil y una noches, los tormentos del infierno de Dante, las visiones apocalípticas de San Juan, las peripecias de La Odisea, los mitos y leyendas de la selva americana o las estepas africanas, las fantasías nórdicas y tantas historias cuya fuente de documentación primordial son las pesadillas individuales o colectivas (admitamos que éstas son también espejos retorcidos del paisaje presente, aunque con un sustrato atávico que lo trasciende). Pienso también en los artilugios imaginativos presentes en Kafka, Swift, Carroll, y más cerca de acá el propio Piñera, Juan Emar, Borges, César Aira, Elena Garro, Henry Darger, Julio Garmendia, Mario Bellatin, Leonora Carrington, Alberto, Laiseca, Boris Vian, Ednodio Quintero, Mariana Torres, Flann O’Brien, etc.

Frente al andamiaje (parcial, variado, fragmentado e ilusorio) de la realidad, la imaginación no es mero espejo sino acceso, puerta de entrada a lo inesperado, a otra lógica, como la subyacente en las pesadillas propias -y ajenas- antes de contarlas y/o traducirlas. Y esa puerta puede abrirse incluso cuando su afán de tránsito es el de la veracidad (los pasajes de las crónicas de Indias, o las ensoñaciones alucinadas de profetas en los desiertos).

La dificultad estriba no solamente en producir la metáfora o imagen inédita, sino en hacerlo a pesar de las limitaciones del lenguaje y la lógica que este prefigura. Podemos acotar la idea de George Steiner (sobre una de las razones de la tristeza del pensamiento) a la imaginación: tristeza de la imaginación en el sentido de su imposibilidad de ser absoluta o inédita: “Las posibilidades de construcción son múltiples, pero también repetitivas y limitadas [E incluso así] Un nuevo acto de pensamiento, una imaginación sin un precedente discernible es la ambición, lo reconozcan o no, de escritores, pintores, compositores y pensadores”.

Puede que hasta en nuestros sueños más incongruentes e ilícitos seamos un lugar común; sin embargo, mejor camino es resistir en lo posible contra el totalitarismo de la realidad.

Como coda al texto de Piñera calza bien esta frase de una conferencia de Borges: “La idea de que la literatura coincida con la realidad es bastante nueva y puede desaparecer; en cambio, la idea de contar hechos fantásticos es muy antigua, y constituye algo que ha de sobrevivir por muchos siglos”.

Jesús Miguel Soto Rincón

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