Además de los hechos sabidos y verificados de la vida de Miguel de Cervantes, y otros tantos espacios en blanco, en esta biografía Andrés Trapiello aporta un retrato de Cervantes fuera de todo pedestal, liturgia y academia.
Este retrato para mí se resume en esta frase que es un punto de irradiación de las vidas y obras de nuestro soldado y escritor español:
“Cervantes se dedicó a otras cosas cuando fracasó en la literatura, y volvió a la literatura cuando fracasó en las otras cosas”.
He aquí a un Cervantes que por poco no lo es. Que de fracaso en victoria y de victoria en fracaso, salió y entró de la literatura por distintas puertas y ventanas. Un hombre siempre a punto de caer, muchas veces caído, y otra tantas levantándose, adinerado por momentos y vuelto a caer en la pobreza.
Una pobreza material que se convirtió en riqueza literaria, y una pobreza de estilo (que no de pluma) que también es riqueza artística, pues por carecer de estilo “a Cervantes no se le puede imitar”, nos dice Trapiello sobre la falta de estilo de la prosa cervantina.
Me interesa esa imagen del artista que tuvo que ganarse la vida en otras cosas y que no tenía reparo alguno en confesar su aspiración a la gloria literaria, contrario a la imagen del regodeo en el fracaso de los exitosos artistas de hoy en día. Según nos comenta Trapiello tenemos acá a un Cervantes que hizo lo que pudo para sobreponerse a la pobreza y al fracaso, bien sea mediante la deseada gloria a través de las armas o de las letras o mediante labores y negocios varios (comisario requisador de aceite y de trigo, recaudador de impuestos, prestamista), en los que prosperó y naufragó. Se le acusó alguna vez de asesinato, de malversación, pasó días en la cárcel y años como cautivo en Argel, se le negó su petición de viajar a las Indias para inventarse otra vida, y no tuvo el reconocimiento al que aspiró (ni como soldado ni como escritor pues en gran parte fue ninguneado por varios de sus contemporáneos).
“No estamos sosteniendo que Cervantes fuese escritor porque fue pobre, sino que la pobreza le ayudó a serlo. Lo fue [escritor] a pesar de todo, pese, incluso, al propio Cervantes, al que vemos a menudo, como uno de aquellos profetas de Israel, huir de la Palabra, resistiéndose a su destino”, apunta el biógrafo, y como imagen suena bien, pero creo más que resistirse trataba de sobrevivir, de buscarse la vida y en esa búsqueda encontró su obra porque justo en esa trashumancia (querida o no) “Cervantes se vio obligado a hablar con todo el mundo. Es la escuela de su Quijote, de los pasajes de sus novelas ejemplares, de los diálogos de sus entremeses”.
Siempre he asociado la obra de Cervantes con el verbo desbocado, el hablar para enfrentarse, guardarse o descubrirse. En particular el Quijote se vuelve más vivo (incluso parece que empieza a vivir de verdad) cuando comienzan sus andanzas con Sancho y los soliloquios se convierten en riquísimos diálogos. Por ello me gusta muchísimo esta -para mí- novedosa apreciación de Trapiello sobre el Quijote (apunte que a simple vista parece contradecir a la vida de un escritor que hubo de viajar y vivir en numerosas ciudades). Trapiello se refiere al silencio:
“Es curioso observar como Cervantes, que conoció y vivió en algunas de las más populosas e importantes ciudades de Occidente en ese momento, hiciera de su máxima creación, don Quijote, un solitario en medio de los desolados parajes campestres de La Mancha” (…) “Tampoco podemos decir que sea el Quijote una novela rural, ni mucho menos. El único paisaje verdadero del Quijote es el silencio, el “maravilloso silencio” que tan a menudo nos hace oír Cervantes. Y ese silencio se escucha mejor, como es lógico, en el campo abierto, en las noches al raso, en las ventas solitarias del camino”.
Un silencio que pareciera estar lleno de voces, observación que no es mero oxímoron, sino que es parte vital de esas contradicciones que bien supo versar Cervantes. Es también, si queremos encajar esa apreciación con la cronología literaria del complutense, un silencio en el que durante dos décadas no publicó nada luego de La Numancia, El trato de Argel y La Galatea hasta la aparición de la primera parte del Quijote y de ahí sus comedias, entremeses, novelas ejemplares, la segunda parte del Quijote, etc. La verdad nunca me he podido imaginar a Cervantes como un escritor a tiempo completo (primero porque no lo fue, y segundo porque me gusta pensar que su vida de no-hombre-de-letras es acaso el material más nutritivo para sus obras, como si dijéramos que fue un escritor justamente por todos esos silencios durante los cuales no fue escritor o no pudo serlo).
De esa vida azarosa, de destellos de éxitos y de rotundos fracasos (así su época también: de la célebre victoria en Lepanto al desastre de la derrota de La Armada Invencible) Cervantes supo nutrirse y abrazar las contradicciones. Como escribiría Whitman siglos después: “¿Me contradigo? Pues sí, me contradigo. Soy inmenso, contengo multitudes”. O como Wilde apunta en un ensayo sobre las máscaras (esas armaduras de materiales diversos): “En arte, una verdad es aquella cuya contradicción es igual de cierta”.
Las contradicciones se parecen a la verdadera puesta en escena de la vida (son su sustrato) y al conjugarlas se logra ver el mundo de otra forma. Cervantes reúne extremos, le da voces a un coro vastísimo y por tanto diverso.
En el Quijote se mezclan, sin solaparse, “realidad y el deseo”, locura y cordura, la “llaneza culta de Don Quijote y la llaneza rústica de Sancho”, “donde el bien y el mal son una misma flor”, escribe Trapiello y añade creo que más atrás: “Lo normal es, pues, que Cervantes llegara a viejo, amargado y sin ilusiones. Pero lo excepcional es que amargo y sin ilusiones escribiera el Quijote, libro donoso e ilusionado por antonomasia”. Es decir, Cervantes mismo encarna toda una jugosa contradicción, tal como su héroe:
“La grandeza de don Quijote estriba en que no es un héroe de los que él leía en sus novelas, uno de esos semidioses a los que la fortuna y la salud sonreían de continuo, haciéndolos imbatibles, por encima de sí mismos, o sea, anestesiándoles el alma y el cuerpo y proporcionándoles entonces una inmortalidad de formol”.
Esa contradicción que es parodia, pero también realismo, es lo más sabroso del Quijote. Podríamos decir que se tratan de paradojas felices en donde las contradicciones entre deseos y hechos, humor y dolor, conviven a un mismo tiempo, no contra toda lógica, sino en una lógica renovada: venta-castillo, campesina-doncella, molinos-gigantes, bacinilla-yelmo de oro (baciyelmo: como corolario de esta nueva realidad que es la del lenguaje con todo su poder de transformación y de encantamiento), best-seller cómico en su tiempo y un clásico universal muchas décadas después.
“Un escritor ha de desconfiar de las evidencias y defender las zonas menos iluminadas de la vida”, escribe Trapiello, y con él podríamos decir que también un artista debe desconfiar a veces del ruido y escuchar el silencio, y acá no me refiero al silencio de los parajes, sino a ese primer golpe de silencio que ocurre al juntar disparejos: locura-cordura, realidad-deseo, lisonjeador y vituperador, esto último como nos cuenta el biógrafo que fue el propio Cervantes con sus contemporáneos.
Jesús Miguel Soto Rincón
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