Los inicios del Siglo de Oro Español (Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Gracián) se pueden rastrear en La Celestina, que bien puede ser considerada la madre de todos ellos.
Oficialmente este período de la historia literaria de España se considera que abarca desde la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija en 1492, año que como ya hemos visto es crucial en la unificación de la identidad de España. Este Siglo de Oro, que en realidad ocupa dos centurias (1492-1681) muestra el esplendor de un idioma y una cultura robusta que ha producido las más bellas joyas de la literatura universal.
Así, en La Celestina, su fuerza dramática, su uso del lenguaje, sus formas y su realismo son sin duda el abreboca necesario para entender ese período y calibrar la influencia que tuvo sobre autores como Cervantes, Quevedo y la picaresca española.
Como parte del mundo medieval, en La Celestina están los temas del amor cortés, la fortuna y la muerte. Así mismo, aunque no está escrita en Latín, se considera como parte de la tradición medieval de la llamada Comedia humanística, género de carácter didáctico y filosófico escrito en diálogo.
Sin ser del todo medieval ni del todo renacentista, esta obra es un pivote entre dos concepciones de mundo: el estático sistema de valores del medioevo donde Dios es el centro del mundo, y el Renacentista donde el movimiento, el regusto por la vida en su fugacidad y el hedonismo son producto de una mirada que se ha volcado al hombre, a sus placeres y a sus padecimientos.
Que la palabra celestina haya pasado ser sinónimo de alcahueta, de mujer cuya labor es facilitar relaciones amorosas, dice muchísimo de la fuerza de este personaje y en general de la obra llamada La Tragicomedia de Calisto y Melibea, conocida también como La Celestina. Es comedia por su comienzo placentero, del flechazo del amor, y es tragedia por el fatal desenlace. En este sentido explica Rojas que: “yo, viendo estas discordias entre estos extremos, partí ahora por medio la porfía, y llamela Tragicomedia”.
Otro aspecto importante de la obra atañe a su estructura. Se ha debatido acerca de si considerarla una pieza teatral o una novela. Hay que notar que aunque está toda hecha de diálogos, es excesivamente larga para ser representada sobre tablas. No obstante, los parlamentos y los soliloquios son tan largos y detallados que compensan esta falta de narración, por lo que algunos críticos han coincido en la salomónica resolución de considerarla novela dialogada.
La historia comienza cuando Calisto, joven de noble linaje y claro ingenio, se enamora perdidamente y a primera vista de la también noble Melibea. Es un amor febril, violento, y herético, tal como lo expresan sus palabras: “Melibeo soy, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo”; y más adelante: “Melibea es mi señora, Melibea es mi Dios, Melibea es mi vida; yo su cautivo, yo su siervo.” Pero Melibea lo rechaza, así que aconsejado por su criado Sempronio, Calisto busca los servicios de Celestina, una alcahueta que solía ser prostituta y que ahora en su vejez administra un pequeño prostíbulo.
El otro criado de Calisto, Pármeno, cuyos oscuros orígenes vinculan a su madre con la propia Celestina, en principio se opone a lo que considera un acto inmoral o corrupto, pero termina cediendo y junto con Sempronio se aprovecha de los negocios de Calisto con Celestina para obtener ganancias, pues de algún modo también son intermediarios entre su amo y la alcahueta. Aquí, para el necesario dinamismo de la trama, los personajes nobles traban relaciones con los plebeyos,.
Celestina usa sus artes brujeriles, pero sobre todo verbales, para que Melibea se enamore de Calisto, aunque el conjuro y su retórica parecen acaso más una convención que Melibea necesita para entregarse al joven, lo cual puede colegirse de una frase de la doncella: “Celestina. sacó mi secreto amor de mi pecho”.
Celestina se nos presenta entonces como una mediadora y una artista del engaño, una figura social despreciada pero necesaria. Ella lo sabe y lo reconoce cuando afirma: “Vivo de mi oficio, como cada cual oficial del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere no lo busco. De mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan”. Para encubrir su trabajo de alcahueta vende hilados, que simbólicamente aluden a ella como tejedora del destino de quienes la solicitan, es una tejedora de relaciones entre amantes, una costurera de engaños.
Tras las gestiones de Celestina, Calisto y Melibea se confiesan su amor mutuo con tal pasión que hace dudar de si el primer rechazo de Melibea fue sincero o si sólo estaba aguardando la mediación de la alcahueta. Melibea se nos muestra como una mujer real, no la idealizada y etérea de los cantares de gesta, una mujer que también desea y que asiste a su propio descubrimiento como ser femenino.
A lo largo del libro vemos por una parte la idealización y por otra el realismo de las pasiones terrenales (avaricia, deseo carnal). La amada en lo alto, pero las prostitutas abajo, en un mundo donde finalmente todos caen.
Asimismo, la muerte está presente en sus diversas facetas. La muerte por vil codicia cuando los criados de Calisto matan a Celestina por una cadena de oro. La muerte por justicia cuando los criados son degollados por las espadas de la ley. La muerte por torpeza (a falta de mejor nombre, o la muerte sinsentido) cuando Calisto cae al resbalarse del muro. Y la muerte por culpa, cuando Melibea se suicida desesperada desde lo alto de la torre al no poder soportar la muerte de su amado. Aunque las otras muertes pueden leerse como castigo (según la reconvención que hace al autor en el prólogo) la de Melibea es la única donde intuimos que hay un atisbo de culpa. Antes de su caída, presa del desespero, de la incomprensión ante tan súbito desastre, se sabe desgraciada y exclama: “¡Tan poco tiempo poseído el placer, tan presto venido el dolor!”, dándose cuenta de que ese placer ilícito y fugaz dejó unas consecuencias que no podían ser otras sino ésas.
Ese constante refuerzo del carácter moral de la obra está insinuado desde el comienzo, como si el autor quisiera cuidarse las espaldas dejando en claro que los vicios retratados no tienen otra intención que la didáctica. Así lo afirma en el prólogo, cuando advierte que la obra fue “compuesta en reprensión de los locos enamorados que, vencidos de su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su Dios, asimismo hecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes”.
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Fernando de Rojas nació en la localidad La Puebla de Montalbán, Toledo, en 1470. Se dice que pertenecía a una familia de cristianos nuevos o “marranos”, el mote despectivo para referirse a los judíos conversos, quienes a pesar de haber renunciado a su religión seguían siendo molestados por la Inquisición.
Se sabe poco de su vida salvo que se estableció en la localidad toledana de Talavera de la Reina, donde se casó y tuvo un hijo, y que cursó estudios de Derecho en la Universidad de Salamanca, donde según algunos documentos se estima que obtuvo su grado de bachiller en Leyes en 1497.
Es conocido como el autor de una única obra, La Celestina, y aún sobre ella hubo durante muchos años dudas sobre su legítima y cabal autoría. La controversia se debe a que la obra no fue firmada, aunque hay en la dedicatoria de un autor a su amigo unos versos que forman un acróstico que, en su versión española moderna, reza así: “El Bachiller Fernando de Rojas acabó la comedia de Calisto y Melibea y fue nacido en La Puebla de Montalbán”.
Esta velada confesión aclara al tiempo que oscurece pues aunque en ella Rojas se confiesa autor de una obra que se encontró, no queda claro desde qué punto la retomó para terminarla. Hubo tesis que sostuvieron que el primer autor (Juan de Mena o Rodrigo de Cota) escribió casi toda la comedia y Rojas solo añadió el final. La otra tesis, la más aceptada, es que Rojas dio con un manuscrito que reformuló, reescribió y completó a partir de un primer acto, dándole forma, sentido y estilo, por lo que se le considera con propiedad el autor íntegro de la misma. Docenas de estudios han tratado de determinar hasta qué punto Rojas reutilizó material previo de ese primer manuscrito o por qué disfrazó y ocultó su autoría, pese al indicio del acróstico.
Se ha conjeturado que quizá, debido a su presumible ascendencia conversa, quiso evitar problemas con la Inquisición, debido al carácter de la obra que en algunos puntos puede tener resonancias blasfemas, como cuando Calisto afirma no reconocer otro dios que su amada Melibea.
Más allá de los cabos sueltos que puedan quedar sobre la composición de la obra, se sabe que Rojas la escribió en su juventud, cuando contaba 25 años de edad y era estudiante. Rojas no era en ese entonces, ni lo fue luego, un miembro de los círculos literarios, ni se conoce mención de su nombre por parte de algún escritor de su época. Como autor de uno de los grandes libros en lengua española, en vida fue un anónimo.
Murió en 1541 en Talavera de la Reina. Al momento de su fallecimiento había al menos una treintena de distintas ediciones de La Celestina.
Jesús Miguel Soto Rincón
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