Algo sobre Hesse

Tres alemanias

Durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, período en que vivió el escritor Hermann Hesse, el mapa europeo se reconfiguró una y otra vez. El imperio alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso acabaron por dar paso a nuevos nombres, alianzas e ideologías. Fue un período donde también se apuntaló la industrialización junto con el espíritu cientificista. Y en su lado más oscuro fue un tiempo donde se vivieron conflictos a escalas globales: dos guerras mundiales de inédita envergadura que hicieron resquebrajar las concepciones filosóficas del mundo occidental.

El imperio Alemán, también conocido como el Segundo Reich había sido establecido por Prusia en 1871 tras la unificación de una serie de territorios herederos del Sacro Imperio Romano Germánico y que ahora pasarían a ser gobernados por el Emperador, o Káiser. La Gran Alemania prosperó de manera exponencial en los ámbitos científico, tecnológico y militar, hasta convertirse en una potencia de la misma envergadura del Imperio Británico, el más poderoso durante aquél entonces. En ese mundo en plena transformación, firme hacia el ideal occidental del progreso, nación Hermann Hesse.

El recién creado imperio que fue su cuna entró en la Primera Guerra Mundial, pero la derrota sufrida en 1918 conllevó a su disolución y a una crisis económica, política y moral que el humillado pueblo alemán resintió. Siguieron años de convulsión y de luchas ideológicas en las que terminó de imponerse en 1933 el nacionalsocialismo y la terrible figura de Adolfo Hitler.

Alemania, ahora bajo el Tercer Reich, se convirtió en un Estado totalitario con ansias expansionistas. Hitler ansiaba desquitarse de las humillantes condiciones impuestas a Alemania tras el armisticio de 1918, y en pocos años Europa sería una vez más un teatro bélico esta vez de consecuencias mucho más catastróficas. Entre 1939 y 1945, la Segunda Guerra Mundial dejó una Europa derruida física y espiritualmente con un  saldo de alrededor de setenta millones de víctimas mortales.

Fueron contemporáneos de Hesse, los escritores Thomas Mann y Bertolt Brecht; a quienes Hesse acogió en su casa en Suiza, en calidad de exiliados y perseguidos políticos del nazismo.

También fue coetáneo de Hesse el psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung, cuya rama del psicoanálisis no solo despertó el interés del escritor sino que tuvo gran influencia en su vida y en su obra. En ella Hesse insistió en el conocimiento del yo por medio de la exploración profunda del ser; una concepción que resalta la singularidad del individuo, de sus sentimientos, de su sensibilidad, en fin, de su alma, todo lo cual hacen considerar a Hesse como un puente del romanticismo entre el siglo XIX y el XX, o como su continuador.

Algo sobre Hesse

Hermann Hesse nació en la ciudad alemana de Cawl, en la región de la Selva Negra, en 1877. Hombre profundamente espiritual, creció en el seno de una familia pietista, vertiente del luteranismo. Desde joven estuvo atacado por ciclos de depresiones y por la búsqueda y reconocimiento de su voz interior, en la que halló un irrefrenable impulso para vivir una vida como artista, como un poeta y no como un esclavo de la sociedad. Un camino en el que no faltaron episodios cruciales: a los quince años se escapó del convento donde estudiaba y poco después cometió un intento de suicidio.

Abandonados formalmente los estudios pero no su pulsión vital por el arte, consiguió un trabajo como librero, donde además de ganarse el pan fue consolidando su formación intelectual. De la publicación de poemas en revistas pasó en 1904 a la primera publicación de una obra de mediano éxito: Peter Camenzind, una novela que ya contenía y presagiaba varios de los temas constantes en su obra, y que como muchas de sus novelas posteriores, se trata de una novela de formación o de aprendizaje (Bildungsroman).

Inició su vida familiar al contraer matrimonio con la fotógrafa Maria Bernoulli, y en 1906 publicó su segunda novela, Bajo la rueda, también un Bildungsroman, en el que de nuevo el paso de la niñez a la madurez ocurre mediante una progresiva iluminación.

En 1910 publicó Gertrude, donde el tema del arte y del descubrimiento son capitales. A este libro le sucedieron algunos años de crisis familiar y espiritual.

En 1911, luego de publicar el libro de poemas De camino, viajó al lejano Oriente: recorrió la India, Sumatra, Borneo, Ceilán; un viaje bastante significativo para el escritor que siempre había estado interesado en el budismo, en el hinduismo y en el taoísmo: filosofías de vida que contrastaban con el anquilosado modelo burgués europeo. Las impresiones de esta travesía las consignó en el libro De la India, en el que admite sentirse decepcionado de esa tierra que había idealizado, una tierra que es en realidad una sociedad marcada por el colonialismo y la miseria.

Cuando estalla la Gran Guerra en 1914, intentó alistarse para servir a su país, pero fue rechazado por su condición física y en cambio se le designó bibliotecario de los prisioneros alemanes, a quienes les distribuyó libros e incluso fundó un semanario especial para ellos. La publicación de un texto antinacionalista y antibelicista, en el que cuestionaba la insensata carnicería que era la guerra, le granjeó severas críticas por algunos de su coterráneos.

La crisis europea coincidió con una crisis familiar: los padecimientos mentales de su esposa, la enfermedad grave de uno de sus hijos y la muerte de su padre; todo lo cual agravó a su vez su propia crisis espiritual. En esta encrucijada Hesse encontró alivio en las sesiones de psicoanálisis jungiano, durante las cuales escribió su novela Demian, publicada dos años más tarde, en 1919. En ella hay evidentes elementos del psicoanálisis, presentes en la dualidad de los adolescentes Emil Sinclair y su amigo Max Demian, quien de algún modo asiste a aquél en su proceso de maduración espiritual.

Con su matrimonio arruinado, Hesse se estableció en el pueblo de Montagnola, en Suiza, país del que adquirirá la nacionalidad en 1923. Allí, rodeado de lagos y montañas, no sólo escribe sino que también se dedica compulsivamente a la pintura. Pintó un gran número de acuarelas de paisajes y autoretratos; no porque quisiera ser un experto sino porque lo pintar lo hacía feliz. Se casó un par de veces más y siguió publicando novelas. Siddartha, de 1922, narra el viaje de un hombre hindú que significará un travesía hacia la plenitud y la sabiduría. El lobo estepario, de 1927, trata sobre la dualidad del hombre que oscila entre lo bestial y lo sentimental, la bondad y la locura. En Narciso y Goldmundo, de 1930, dos personajes disímiles (uno religioso y otro artista) encuentran finalmente una esencia común.

Durante la época nazi, Hesse fue visto por el régimen como un traidor a su patria por su actitud pacifista y por haberse nacionalizado Suizo. Su obra apenas podía ser editada en Alemania, pues los nazis la consideraban como no grata.

En medio de la Segunda Guerra Mundial, Hesse inició la redacción de una de sus más ambiciosas obras y la que sería su última novela, El juego de los abalorios, publicada en 1942. Ambientada en un utópico siglo XXV narra la vida de un mago perteneciente a una misteriosa orden, y que pretende integrar todas las ramas del conocimiento humano.

En 1946, Hesse fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, ceremonia a la cual no asistió, siendo consistente con su elección de una vida aislada de los ruidos del mundo exterior sobre su consideración pública, sin firmas de libros ni idolatrías hacia su figura de escritor.

A pesar de esta suerte de confinamiento, durante su vida Hesse contestó de puño y letra más de 35 mil cartas de lectores, admiradores y  jóvenes escritores. Una actividad febril que cumplió casi con disciplina desde su aislamiento en Montagnola.

Hesse fue un hombre místico que creía en una religión más allá de las instituciones. Un hombre lleno de fe que a pesar de su época creyó profundamente en el amor de la humanidad y que siempre pensó que la vida era demasiado breve para desperdiciarla.

En 1962, con 85 años de edad, murió de una hemorragia cerebral mientras dormía en su habitación. Sobre su pecho reposaba un ejemplar de las Confesiones de San Agustín.

Un Hans entre muchos otros Hans

Bajo la rueda es una novela de liberación y de aprendizaje, enmarcada dentro del llamado Bildungsroman o novela de formación, pues narra la progresiva transformación de un espíritu durante su paso de la niñez a la adolescencia.

Hans Giebenrath es un niño talentoso, aplicado y, a su pesar, es la promesa de dar renombre a su pequeña villa de la Selva Negra. Es un espíritu excepcional, pero atrapado por las convenciones y por lo que su entorno espera de él.          

El talento de Hans, lejos de serle un regalo se le convierte en un pesado fardo; el destino de los jóvenes como él está escrito de antemano: ingresar al Seminario para una vida de reclusión y estudio. Es el camino único, el estrecho sendero por el que debe transitar para encajar en los severos engranajes de la rueda de la sociedad; para su padre, para sus maestros y hasta para el párroco no hay otra posibilidad: no le está admitido al joven Hans la alternativa de transitar otro camino, de disfrutar de los años de su preciosa infancia y ni siquiera de fallar en lo que ha de ser. Con rumbo, pero sin pasión, su vida es cada día más un ser y hacer para los otros; debe cumplimentar la ambición de su padre, del entorno. A tal punto su destino no le pertenece que el propio rector de la escuela le afirma: “Para mí es cuestión de honor verte convertido en algo”. A pesar de sus dolores de cabeza y del sacrificio de los pequeños goces (como su placer por la pesca) Hans se aplica hasta el límite.

Es bastante significativa la imagen que pinta Hesse del pequeño Hans merodeando en su jardín donde los juegos pertenecen ya a una época tan lejana como una eternidad. Allí rompe en pedazos una rueda hidráulica fabricada por él mismo. Es acaso el símbolo de la rueda individual que trueca por la implacable rueda de la sociedad que lo arrastrará a su paso. Qué furia hay en esa escena del destrozo del jardín de sus juegos infantiles; una furia que es al mismo tiempo resignación y quizá un intento por tratar de decirse que ha sido él mismo quien decidió quebrar y deshacerse de su pasado. Pero en el fondo no… él no lo ha decidido.

Ese destino que han elegido para él le parece lo único realizable. No es capaz de concebir la vida si no existiera nada parecido al Seminario, al Gymnasium o al estudio. Y se consuela pensando que la vida debía ser eso, en contraste con la mediocridad de ser un aprendiz de taller o un burócrata en un despacho, “gentes sin ambición a las que tanto despreciaba”. Saberse diferente le da una sensación de celebridad, de orgullo y presunción que hasta el momento le sirven para justificarse a sí mismo ese camino.

En ese mundo lleno de sutiles presiones, Hans hallará dos voces que paulatinamente lo impulsarán a descubrir o al menos a meditar sobre la libertad. (Y acá habría que acotar que acaso la ausencia de una madre para Hans, de la suave compresión de una figura femenina quizá lo hubiese confortado y ayudado a ser más libre). Una de ellas es el zapatero Flaig, quien considera que las extenuantes y carcelarias sesiones de estudio de Hans son “una locura y un pecado”. “A tu edad hay que tener aire puro, movimiento y descanso”, le dice el piadoso zapatero.

Pero definitivamente el personaje que más obrara profundamente en Hans y que le enseñará otros caminos de la vida a través del arte y de la poesía es su compañero del Seminario Hermann Heilner (cuyo nombre resuena sin dudas al del propio Hermann Hesse), con quien iniciará una amistad que poco a poco irá marcando el ritmo de la madurez de Hans hacia su adolescencia.

Dentro de las paredes del Seminario, el destino uniforme de Hans parece ya no tener vuelta atrás; allí la vida se reduce al estudio sistemático pero desapasionado; y aunque existe la posibilidad de sobresalir y brillar sobre el resto de sus compañeros, no por ello será realmente diferente. El convento, con sus reglas y métodos es una forma de igualar a los estudiantes a quienes el Gobierno “vestía con una especie de librea o uniforme espiritual del que no podían desprenderse nunca”. Qué terrible suena esta afirmación y qué cierta es en tantos ámbitos de la vida. Hesse mismo escapó literalmente de esa uniformidad y buena parte de esa aprensión está consignada en las páginas de esta novela.

Es curioso e irónico que el aposento que Hans comparte co otros compañeros en el seminario se llame Hélade. En realidad, pese al concienzudo estudio que allí hacen de los textos griegos, éstos son solo una disección fría y no una exploración del alma. ¡Qué distancia hay entre la habitación con ese nombre y la verdadera Helade, la tierra de Homero (de quien Heilner dice que en el Seminario lo leen como si fuera un libro de cocina), la tierra del descubrimiento del alma humana y la celebración de la libertad del hombre!

Acaso el único digno habitante de ese aposento es el poeta y rebelde Heilner, también talentoso pero negado a entregar los mejores años de su vida a una institución castradora. Heilner, como le explica a Hans, quisiera que ambos fuesen nubes “para ser empujados por el viento sobre pueblos y montañas”. El joven poeta es un soñador que “conocía el misterioso arte del reflejar el alma en versos”, un nostálgico de la libertad. La impetuosa pasión de su amigo por vivir hace que Hans lo admire, que se enfrente a un mundo completamente nuevo que ni siquiera se hubiese a atrevido a imaginar. Más que el simple descubrimiento de lo desconocido, para el joven Giebenrath se trata de algo más profundo: el descubrimiento de un alma individual a la que hay que escuchar.

La influencia de Hermann sobre Hans no tarda en ser acusada por los maestros. La progresiva liberación de Hans es intolerable para los responsables del claustro; es la eterna historia del espíritu cercenador de la escuela (como férrea institución del Estado) frente al genio subversivo, “el espectáculo de la lucha entre la ley y el espíritu”, escribe Hesse. En recriminación a su actitud, el superior del seminario le llama la atención a Hans advirtiéndole que su debilidad terminará por dejarlo “atropellado bajo la rueda.” Acaso ese es el precio de la libertad, el ser apartado, proscrito, humillado. Pero ya el espíritu de Hans ha cambiado, el valioso tesoro que es la amistad de Heilner está por encima de cualquier prescripción.

Heilner desaparece de escena, pero su influencia ya ha calado profundamente en el espíritu de Hans. No es el mismo Giebenrath para quien lo importante era ser el primero en la clase. Es otro, confundido quizá, incierto ante el destino, ¿pero quién dijo que la libertad era fácil? Lo fácil de algún modo era lo otro, el mundo ordenado al que había sido sometido, esa jaula dorada dónde había cabida para muchas cosas excepto para su propio ser interior.

Liberado ya por el solo hecho de tener consciencia de la libertad, el alma de Hans está adolorida de la extenuante experiencia, hundida y desesperada. Libre ya del seminario, se atormenta a sí mismo por la consciencia de los años perdidos, de su niñez castrada. Sin ganas de vivir, regresa a su pueblo natal cubierto con el manto de promesa incumplida, de debilidad y de fracaso. Tras retornar a los escenarios de su infancia que alguna vez le brindaron emociones, lo entristece la conciencia del tiempo ido, de los años irrecuperables.

Su alma cansada revive con la vendimia. Ya no es el reino ordenado de Apolo sino el impetuoso de Baco donde Hans aspira otros olores y sabores; donde conoce los breves placeres del amor y los tormentos de sus amargos desengaños, así como el trabajo manual de la extenuante labor del mecánico (en donde justamente le toca limar una ruedecilla de hierro fundido; acaso símbolo último de una liberación incompleta).

Rodeado ahora de “gentes que conocían a fondo las alegrías de la vida” (la charla, los juegos, la bebida y las mujeres) Hans se siente embriagado de experiencias nuevas; pero quizá aún no reencontrado del todo consigo mismo. Serán las aguas del río las que, a pesar de la noche, le devolverán su verdadero reflejo, una promesa de liberación de la vergüenza y del dolor, aguas que lo invitarán al buscar refugio en las sombras de la muerte.

Jesús Miguel Soto Rincón

¿Algo que te gustaría agregar?