Algo sobre Mark Twain y Huckleberry Finn

El paisaje del Mississippi

El siglo XIX norteamericano, época en la que vivió Mark Twain, estuvo marcado por la consolidación de una nación que recién se había declarado libre del poderoso imperio británico y que trazaba su propio camino para convertirse en otro imperio acaso más poderoso aún. La democracia, la esclavitud, la guerra civil, el abolicionismo, la industrialización, el capitalismo y el imperialismo estadounidense fueron el contexto en que nació y de desarrolló la obra del escritor.

El Mississippi, ese emblemático río que hubo de navegar Twain en cuerpo pero también en alma fue el protagonista no solo de su obra escrita y de su vida sino de parte de la historia norteamericana. Desde el siglo anterior a su nacimiento cientos de colonos decidieron establecerse en la zona sur del río, donde sus tierras fértiles eran propicias para los cultivos, principalmente el algodón y caña de azúcar. Florecieron los terratenientes y las casas lujosas en la zona pero también los esclavos que eran traídos a trabajar en las plantaciones. Río arriba y río abajo los barcos de vapor circulaban por esa vital arteria, llevando y trayendo productos, viajeros, entretenimiento e historias. Los grandes vapores eran más que un medio de carga, eran un espacio de socialización, de encuentro y una parte vital del paisaje de ese entonces.

Pero este movimiento de vida fluvial en el Mississippi tuvo un largo y abrupto paréntesis al comenzar la Guerra Civil o Guerra de Secesión (1861-1865), y su esplendor solo retornaría varios años después del conflicto. Durante la guerra el río era considerado un enclave vital en las comunicaciones y la economía, por lo que control para uno u otro bando era esencial. mMuchos de los vapores fueron ocultados en los esteros pantanosos más recónditos para protegerlos, pero gran parte de ellos terminaron sus días allí, lejos de su rutina habitual, oxidándose lenta e irreparablemente mientras los estadounidenses combatían entre sí.

La guerra enfrentó dos bandos. Por un lado, los Confederados del sur que querían separarse y defendían la esclavitud; y por otro lado la Unión, del norte, que enfrentaban a los separatistas y propugnaban el abolicionismo. También se ha descrito a estos bandos como la oposición entre una sociedad agraria y otra industrial.

Twain, aunque militó por un par de semanas en el bando de los Confederados era un convencido abolicionista. Creía en la libertad del ser humano como un derecho sustancial. Y llegó a decir que la emancipación de los esclavos significó no solo libertad para los negros, sino también para los blancos.

Después de cuatro años de hostilidades se impuso el norte. Aunque la esclavitud fue abolida, el arraigado racismo y segregacionismo pervivirían por muchos años. Y los Estados Unidos de América continuarían la expansión de su influencia allende sus fronteras marítimas. Gracias a esta unificación económica, apalancada por el inédito progreso material de la industrialización y el capitalismo, Estados Unidos emprendió una forma de imperialismo que vendría a ser la continuación del expansionismo hacia el Oeste (en el que ya le habían arrebatado una buena porción de tierras a México). Entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX Estados Unidos emprendió campañas como las guerras contra Cuba y Filipinas, y las tomas de Hawai y Puerto Rico. Twain se opuso a esta nueva forma de colonialismo y participó activamente la Liga Antiimperialista de los Estados Unidos,  fundada en 1898, y de la que llegó a ser vicepresidente.

Las  obras de Mark Twain se siguen considerando fundacionales dentro de la literatura de Estados Unidos. Llegó a decir Ernest Hemingway que toda la literatura norteamericana viene del libro Las aventuras de Huckleberry Finn. El mismo honor le concedió William Faulkner, para quien Twain es el padre de la literatura de su país, “el primer escritor verdaderamente norteamericano”, sitial que hoy en día comparte con Nathaniel Hawthorne, Herman Melville y Walt Withman.

La aventura como excusa para convertir el mundo en literatura

Huck es un espíritu libre que ha sido civilizado a la fuerza, pero le molestan los zapatos de esa nueva vida: la disciplina, las lecciones de los libros y los modales.  Huye de ese mundo pero también del encierro forzado al que lo ha sometido su alcohólico y violento padre. En su huída encuentra otro fugitivo, el esclavo Jim, a quien otras razones (o acaso en el fondo las mismas) lo han llevado a escapar. De buenas a primeras Huck ayuda a Jim a pesar de los dilemas que varias veces lo acosan. Ayudar a un esclavo a fugarse es considerado vil e inmoral dentro de una época en la que los cerrados estados del sur de Estados Unidos son una sociedad esclavista. Y aunque Huck piensa que por el gesto de ayudar a Jim se irá al infierno como castigo, le sigue brindando su apoyo; pese a que sabe que será despreciado y que deberá llevar el estigma de “maldito abolicionista”, sospecha que ese derecho a la libertad que él tanto anhela para sí no puede serle escatimado a nadie.  Decidido, hará lo necesario para sacar a Jim de la esclavitud, y, si se le ocurría algo “peor”, también lo haría.

La empatía y el sentimiento de humanidad van en él más allá de las terribles normas sociales de esa época oscura. Hubiese sido exagerado y falso poner en boca de Huck una perorata sobre la igualdad, sin embargo, es en sus acciones (incluso en sus dudas) en donde se nos muestra un espíritu que es diferente al resto. No sabe bien por qué hace lo que hace, como si fuese guiado por su intución: “No podía responder a aquello. Así que pensé que no me seguiría preocupando del asunto, y a partir de entonces siempre hago lo que me parece mejor en cada momento”. 

Sin ser moralista, el tema de la libertad está subyacente y va de la mano con el poderoso caudal del Mississippi, otro protagonista (más que simple paisaje) de las obras de Twain. Libertad es lo desconocido, las aventuras que nos conducen a quién sabe dónde, las preguntas sin respuestas, el dejarse llevar por la corriente, fluir con ella hacia más allá del horizonte, sin tener amo ni dueño, pero sin saber tampoco qué hay más allá. Para Huck acaso la libertad se resume en el cobijo que da el río: “Dijimos que no había casa como una balsa, después de todo. Otros sitios pueden parecer abarrotados y sofocantes, pero una balsa no. En una balsa se siente uno muy libre y tranquilo”. No obstante, hay caso un temor subyacente ante esa sensación nueva. Como lo dice Huck: “Jim decía que el estar tan cerca de la libertad le hacía temblar y sentirse febril”.

Aunque Huck lo ansía es la tranquilidad de la libertad, la influencia de su amigo Tom aún persiste en él. Cuando se encuentra un barco abandado, en vez de seguir su camino, Huck recuerda a Sawyer y se da ánimos para desviarse: Tom “diría que era una aventura, eso es lo que diría, y abordaría ese barco aunque fuera lo último de su vida. Y seguro que lo haría con estilo”. Y de allí en adelante, cada nuevo recodo de su navegar por el río le ofrecerá nuevas experiencias y aventuras.

El juego de disfraces está presente en todo el libro. Huck se viste de niña para engañar a una señora, a Jim lo visten de árabe enfermo y luego de mujer. Luego Huck finge ser Tom, y Tom finge ser un primo suyo.

Especialmente los personajes del duque y del rey son disfraces ambulantes a tiempo completo; son estafadores y falsos comediantes de la más baja calaña que llevan la parodia dentro de la parodia a límites extremos, fingiendo ser miembros de la realeza, nobles, misioneros, hipnotizadores, médicos, echadores de la buenaventura y un poco de todo, hasta actores que cobran por sus mediocres e hilarantes representaciones de Shakespeare.

Ese elemento paródico que caracteriza la novela le debe mucho a las apariciones de Tom Sawyer al principio y al final del libro, donde se muestra como un Quijote enloquecido por las lecturas. Sawyer crea una banda de ladrones donde hacían juramentos con sangre, robaban cerdos a los que llaman lingotes de oro y nabos a los que llaman joyas.  Twain no oculta la referencia, sino que la hace explícita. Tom cita al libro cuando le dice a Huck que si hubiese leído El Quijote, entendería sin tener que preguntar: porque allí todo pasa por arte de magia, los elefantes, los soldados y los tesoros son trastocados en escuela dominical por los magos enemigos.

Pero no todo es fantasía y locura libresca. Hay un mundo feroz allá afuera, y como en el Quijote (libro al que Twain orgullosamente le debe mucho), los golpes de la vida qué duros son. Alcoholismo, humillaciones, vejaciones, palizas, asaltos, estafas, linchamientos, azotes, asesinatos son el pan de cada día en esos pueblos del Mississsippi.

Sin embargo la inteligencia de la prosa de Twain nos regala muchas carcajadas a lo largo del libro. Acaso el episodio más hilarante es cuando aparece por segunda vez Tom Sawyer y emprenden el rescate de Jim, pero no un rescate cualquiera sino como tal lo dictan los libros de aventura.

Si para Huck la aventura es una incidencia que él enfrenta con entusiasmo pero con cierto sentido práctico, para Tom se trata de crear las aventuras, de volver literatura el mundo para vivirlo a su placer. “¿De qué nos vale un plan que no plantee ningún problema? Resulta demasiado soso”, le dice Tom a Huck. Y más adelante: “¿Quién ha oído hablar de liberar a un preso de una forma tan sencilla? No, la forma en que lo hacen las mejores autoridades es aserrar la pata de la cama en dos y dejarla así y comerse uno el serrín…”, y más todavía: darle una camisa para que escriba un diario, cavar un túnel en vez de sacarlo por la puerta, hacerlo grabar mensajes en una piedra que deben llevarle y un sinfín de presupuestos que hay que añadir para que sea una aventura como mandan los libros. Tan así, que el colmo de la alegría de Tom es cuando recibe un disparo en la pantorrilla en el punto más álgido de esta autoprovocada peripecia.

Así, en cada una de estas páginas Twain nos dice que la aventura lo es todo, y qué mayor aventura hay en la vida que la de la libertad.

Jesús Miguel Soto Rincón

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