Si en El corazón de las tinieblas Joseph Conrad esboza una ruta fluvial hacia el verbo del horror, en Con la soga al cuello (novela que se suele editar en conjunto con la primera) esa ruta
es la “callejuela del mar” y su fin es acaso las postergación del arribo. El mundo del capitán Whalley ha muerto antes que él y he allí su tragedia.
El capitán es casi un monumento del pasado… “La única credencial que podía exhibir era el testimonio de toda una vida. (…) Pero vagamente intuía que aquel documento único sería leído como una curiosidad arcaica en los mares de Oriente, un texto escrito con palabras obsoletas de una lengua a medias olvidada”. Lo veo como el tipo de personajes que parecen dioses caídos, agrietados pero aún portentosos, y sin embargo, ya ilegibles para los mortales; el tipo de hombres modelados por un tipo de barro ya agotado, o como el último ejemplar de una especie.
Por eso el mar y su vastedad, donde caben todas las memorias, todos los olvidos, y todas las revelaciones, como la que finalmente le asalta a Whalley con la misma fuerza del golpe de una ola: “En aquel mundo que inexorablemente se oscurecía, una claridad siniestra iluminaba sus pensamientos. En la revelación del dolor, veía la vida, los hombres, las cosas, al tierra entera con su carga de naturaleza creada, como nunca los había visto antes”. Es la llama que se apaga y que antes de morir del todo florece con un súbito destello, y ya después valdría decir que no hay ningún faro que señale el rumbo de ningún arribo, que “el resto es silencio”.
Jesús Miguel Soto Rincón
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