Algo sobre El gen egoísta

Entre los imaginativos también están los filósofos y teólogos, y a veces los físicos y biólogos.

En el prefacio de El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta, Richard Dawkins, zoólogo y etólogo, nos advierte que: “El presente libro debiera ser leído casi como si se tratase de ciencia-ficción. Su objetivo es apelar a la imaginación. Pero esta vez es ciencia”. Es un gratificante punto de vista que casi siempre surge de leer textos religiosos como ficción o viceversa (con los riesgos implícitos), o textos de física como fábulas, históricos desde el afán esotérico, o de arquitectura carcelaria desde la perspectiva de los mecanismos del poder.

El planteamiento central de Dawkins acá es que los seres vivos “Somos máquinas de supervivencia, vehículos autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas con el nombre de genes”. Es decir, los genes (en sus múltiples formas de cooperación entre sí) nos crearon para su beneficio; e incluso los aparentes actos altruistas de cada individuo son actos egoístas disfrazados para llevar a cabo este fin. Su teoría desanda un camino distinto al especiecentrismo -por nombrarlo de una forma. “Y es que la unidad básica de la selección natural no es la especie, ni la población, ni siquiera el individuo, sino las pequeñas unidades de material genético que convenimos en llamar genes”.

Las instrucciones de nuestros genes (salto, camuflaje, cortejo) y las predicciones que éstos puedan hacer (el contexto del frío polar, el mar y sus tiburones letales) son limitadas debido a un manojo de posibilidades tan grande como impredecible.

Tenemos el programa instalado, pero cada máquina de supervivencia (sistemas nerviosos) toma y ejecuta sus decisiones. “Existen más jugadas posibles en un juego de ajedrez que átomos en una galaxia”, calcula Dawkins. Y los genes no podrían arriesgar sus máquinas en ensayar cada jugada (no obstante así la vida, telón de un único ensayo y puesta en escena en simultáneo). Entonces, si los genes predicen no a través del ensayo sino de la simulación -como una computadora- para Dawkins: “Quizá la conciencia surja cuando la simulación cerebral del mundo llega a ser tan compleja que debe incluir un modelo de sí misma”. Una idea maravillosa y aterradora al tiempo.

Para el caso de los seres humanos, Dawkins introduce una variable notable: así como el acervo génico se encuentra entre los seres vivos, el acervo mémico es parte crucial de nuestra naturaleza social. Un meme es como un gen pero en forma de ideas que se propagan de un cerebro a otro, una manera de parasitar nuestros cerebros al convertirlos también en vehículos de programación. Una idea nos puede convertir en predicadores o kamikazes si ello contribuye a que ésta perdure y se siga propagando. Morir y matar por una ideología pareciera ser una variable importante en el código mémico, uno de los impulsos de la noria de la historia. Hay, sin embargo, un viso acaso alentador. Escribe Dawkins:

“Tenemos el poder de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento y, si es necesario, a los memes egoístas de nuestro adoctrinamiento. Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que nunca ha existido en toda la historia del mundo”.

Parece ficción, con moraleja incluida.

Y como algunas ficciones que no se conforman con una sola entrega, Dawkins introduce la idea de uno de sus libros posteriores: El fenotipo extendido.

Los genes cooperan entre sí y producen consecuencias, no sólo en los organismos de los que forman parte sino incluso en el entorno. Para Dawkins, los diques de los castores son una extensión de sus cuerpos como consecuencia del conjunto de genes que cooperan para producir ese resultado. Artefactos similares son los nidos de aves o las cápsulas de los tricópteros. También: “los genes de un organismo tienen efectos fenotípicos extendidos sobre el cuerpo de otro organismo”. De hecho, un organismo parásito que coopera con otro, a la larga puede fundirse con éste y hacerlos indistinguibles uno de otro.

En muchos sentidos eso es lo que somos, tanto en nuestros genes como en las ideas que nos movilizan.

Sepamos y recordemos que:

“todos somos reliquias de antiguos parásitos fusionados”.

Una frase rotunda, ideal para leerla también fuera de contexto y quedarse pensando en ella, incluso para hacer un dibujo si se tiene la habilidad y el morbo pesadillesco de algunos imaginadores.

Jesús Miguel Soto

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