Daniel Sada escribe un estilo, es decir, no es que escriba con un rotundo estilo particular, sino que escribe ese estilo mismo, un estilo que es el propio Sada, como si tuviera que inventar un lenguaje o retorcer las reglas del que existe, aunque sin violencia sino más bien con un exquisito jolgorio. Casi que pudiéramos decir que no escribe en español sino en Sada. Pero es español lo que leemos, uno propio, personal como una radiografía. Pasa también, por ejemplo, con Ednodio Quintero, con Juan José Saer. Prosistas que no solamente son estetas sino que son un estilo.
En la solapa de Casi nunca, unas líneas de Bolaño sitúan a Sada junto a Lezama, agregando que el barroco del cubano ocurre en un propicio trópico para los excesos de la naturaleza (la del lenguaje sobre todo), mientras que el del mexicano ocurre en el desierto.
El desierto, es verdad, no es barroco, pero sí lo son sus espejismos. Y para no sucumbir de locura ante la monotonía del paisaje hay que recorrerlo con una mirada así, a la manera de Sada, de quien también se podría decir que inventa un desierto, de dunas sinuosas, inesperadas, imposibles.
Empecé por Casi nunca y ya tengo para algún momento Porque parece mentira la verdad nunca se sabe.
Hay un humor acá, sutil, no en la historia, sino en ese lenguaje que ha inventado y que gusta, no por nuevo sino porque lo inventó bien, con esa melodía suya. Un humor que nace, acaso involuntario, de ese ritmo ajeno pero contagioso.
A Sada no se le puede contar ni aunque se cite, como tampoco se puede contar una sinfonía. Es decir, hay que aventarse varios de sus capítulos para decir: sí, esto es una lengua, que es la lengua Sada.
Entre todo eso me quedo también con estas líneas que me gustan como descripción de una máscara, una que me gusta usar:
«Asco de razonamientos. La seriedad desarregla. Es que no trenza debidamente. En consecuencia atisbar en los más elemental: hacerse bromista a fuerzas, porque conjeturando durante días, el humor impide que el prójimo jamás logre penetrar bien en la psique propia. El humor es -¿sería?- un muro agradable, asaz engañoso, en el sentido de que supone un acercamiento cuando en realidad establece una distancia. Entonces la vida es -¿sería?- hilarante…»
El lenguaje anquilosado puede volverse ruina, desierto. Hay que convertir el desierto en hilarante, recorrerlo con esa máscara, parece también decirnos Sada.
JMS
¿Algo que te gustaría agregar?