














El mar que se entrega a morir en cada golpe de ola deja la volátil marca de su canto en la arena a la que no se logra aferrar, como si pretendiera escribir en ella el viaje que acaba de hacer, o la promesa del que en breve hará, o del que ya está haciendo.
Sus olas siempre recomenzando, a lo Valéry, o irresolutas, a lo Gainsbourg.
Sobre la arena van quedando las marcas casi efímeras de esa frecuencia sonora, con sus agudos y sus graves, casi una partitura si pudiera traducirse, el recuento brevemente petrificado de los naufragios cometidos, de la negrura de su abismo y de su incesable y “valeryano” devenir.
JMS
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