Yasushi Inoue. La epopeya del clan Takeda.
Hay un tipo de personajes que se elevan a pulso, con todo el ímpetu de la voluntad, como si hubiesen leído su mapa del destino y no pudieran tolerar posibilidades distintas a las allí prefiguradas. Causan simpatía o terror, a veces ambas a la vez. Son épicas del ascenso donde es irrelevante si se producirá o no la caída, que casi siempre es inevitable.
Yamamoto Kansuke, a través de sus abundantes lecturas y de una potente capacidad de observación y análisis, pasa de ser una samurái vagabundo (que nunca había participado en batalla alguna) a ser un maestro de la estrategia en la guerra y en la política, uno de los generales más notables del Takeda Shinguen.
Así describe el autor de la novela, Yasushi Inoue, a este personaje histórico:
“Apoyándose en los pocos conocimientos que tenía, podía hacer emerger con toda claridad en su imaginación los más diversos pueblos de los que había oído hablar, como si los hubiera recorrido en realidad. Los conocimientos que había adquirido en sus lecturas sobre las montañas, los ríos, las llanuras y las particularidades climáticas de esas regiones, hacían aparecer ante sus ojos nítidas visiones de las murallas de los castillos, de las callejuelas de sus pueblos y de sus topografías circundantes, que le resultaban totalmente desconocidas”.
Nada de su oficio le es desconocido aunque no lo haya experimentado. En el campo de batalla, así como en los pasillos de la corte, el devenir se desovilla según sus planes: el orden en que deben librarse las batallas, las estrategias, las alianzas. Su intuición es magnánima (“salvo en lo tocante a las relaciones entre hombres y mujeres”).
Al principio de su ascenso, Kansuke no tiene reparo en reconocer que no ha participado en ninguna batalla, y lo dice con un temple que no inspira risa sino una especie de pavor, no por la aparente insensatez de ese hecho sino por el aplomo con que lo afirma.
Pero hay un giro no anticipado para mí en la batalla final. Como si fuese algún tipo de elevación a otro estado o de revelación última, la férrea voluntad del estratega cede ante los embates del azar, en donde el general y sus designios abren espacio al múltiple arrojo de las individualidades, el caos medido por la suma aleatoria de múltiples fuerzas.
“Sin duda, en la batalla a muerte contra Kenshin la estrategia no tenía ya mucho sentido. (…) Lo que decidiría la victoria o la derrota en medio de la lucha cuerpo a cuerpo de la batalla final sería la tenacidad del último combatiente. Su capacidad para derribar o no a su oponente en el combate individual”.
Es como si la voluntad describiera un arco y de desvaneciera tras la tensión más álgida, no por arredrada sino por haber alcanzado un límite que es, en este personaje, acaso su colmo de la sabiduría, la consciencia de que “ciertas cosas dependían únicamente de la suerte. El talento y la intrepidez de Shinguen ahora resultaban superfluos”, como lo pinta el autor de la epopeya.
En este juego de espejos entre destino y voluntad Kansuke se diluye en ambos, como si esa cesión los unificara.
El epígrafe de la novela, que entiendo es parte del estandarte del clan Takeda y que es un fragmento de El arte de la guerra de Sun Tzu, lo dice mejor en menos:
«Rápido como el viento,
silencioso como el bosque,
raudo y devastador como el fuego,
inmóvil como una montaña».
JMS
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