
Hace unas pocas semanas conocí Cartagena de Indias. Un regreso a esta especial latitud del Caribe, a sus colores, a su temperatura y a la familiar música de sus hablantes. El aire de agitada belleza que se respira dentro del perímetro amurallado de la ciudad vieja se debe, creo, a la sensación de reclusión que producen esos muros de varias centenas de antigüedad. A pesar de la historia casi siempre terrible que explica el origen de cualquier muro, la belleza de esta amurallada ciudad (en buena parte renovada y acondicionada para los turistas, visitantes pasajeros de esta colorida fortaleza) tiene el encanto de aparente contención característica de los lugares pequeños que se pueden recorrer a pie.

Como me suele ocurrir, en más de una ocasión me extravié mientras buscaba la salida o la entrada (perspectiva variable dependiendo de si se considera que el alma de esta ciudad está afuera o adentro del contorno de piedra).
En uno de los eventos organizados por el HayFestival, en el que nos reunimos algunos autores del grupo Bogotá39-2017, compartí una mesa, más bien unas sillas, con las escritoras Luciana Sousa (autora de Luro) y Marta Orrantia (Mañana no te presentes, Orejas de pescado), quien hizo de moderadora. Conversamos sobre las violencias en plural y cómo las representamos en lo que escribimos.
Siempre he hecho el esfuerzo de desmarcar mi “imaginario” literario de la brutal imposición a la que el actual ciclo de gobernantes ha querido reducir a Venezuela: un coto de caza, una sala de hospital sin luz, cuadrantes del hambre, una zona de latente guerra donde el enemigo puede tener el rostro de nuestro vecino o de algún pariente. Debido a esa toma de distancia pensé que la etiqueta de escritor de la violencia no me sienta del todo cómoda, ni tampoco es del todo justa en relación con lo que los lectores encontrarán en mis libros, y sobre todo porque la literatura no es nunca una vía de un solo sentido.
Sin embargo, tuve que admitir la inevitabilidad de que esa violencia, como bala rasante que es imposible e insensato desoír, se filtre en mis páginas aunque sea de manera bastante lateral. Y es que su variedad e intensidad apabulla: la violencia armada (colectivos, grupos de choque, mercenarios, bandas organizadas), la violencia del burócrata, la del productor de discursos, la del analista que nos reduce a dato, a cifra, a estadística en un mapa de dos o tres colores, y sobre todo la violencia del hambre como chantaje, porque los actuales secuestradores del poder se han dado cuenta de que la fórmula “pan y circo” como mecanismo para controlar y entretener a las masas es menos eficaz que la de “hambre y circo” (en la que acaso el brutal circo del que se nos quiere hacer protagonistas es el del emplear nuestro intelecto y nuestra vitalidad en buscar un poco de pan y pelearnos por las migajas que a veces se reparten). Así una parte de nuestra América Latina. Debí haber citado, pienso ahora -a destiempo como siempre- una frase de Pedro Juan Gutiérrez, de su novela El Rey de La Habana: “El ser humano se acostumbra a todo. Si todos los días le dan una cucharada de mierda, primero hace arqueadas, después él mismo pide ansiosamente su cucharada de mierda y hace trampas para comer dos cucharadas y no una sola”.
Para ceder por un momento entonces admití que era válido apuntar que somos escritores de fricción tanto como escritores de ficción; una manera de señalar que en parte se escribe para explorar el encuentro o desencuentro con el otro en la medida en que éste se produce a través de un intercambio no siempre balanceado de fuerzas (fricción que puede producir incendios devastadores o chispas de divina iluminación). Y fricción, sobre todo, por el encuentro entre lo que solemos llamar realidad y lo que solemos llamar imaginaciones; dos universos entre los cuales el escritor suele tener ambos pies al mismo tiempo, empujado y absorbido de un mundo a otro, con el riesgo a veces de desbaratarse.
Curioso hablar de todos esos temas dentro de una ciudad amurallada ya que las fronteras pueden ser también una forma de violencia, de marcar la otredad con bisturí, de jerarquizar el mundo, de aplicar etiquetas que también son dianas para tiro al blanco. Estructuras físicas y espirituales usadas para estigmatizar, invisibilizar o idealizar territorios (barrios, cerros, barriadas, favelas, villas, adentro, afuera, nosotros, ellos); para planear la delimitación del campo de batalla.
Finalmente, y para no hacerlo más largo, recuerdo que se tocó también el tema del compromiso como escritor y Luciana fue acertada al referir (más o menos en estos términos según recuerdo) que el compromiso en todo caso es como ser humano: cómo podemos evitar producir violencia, cómo no ignorar la existencia del otro, y por supuesto, aplacar la violencia desde cualquier trinchera por pequeña que sea.
Todo esto me hizo pensar que para mí la escritura ha sido en parte (pues sin duda hay mucho más) un camino para huir de la unilateralidad, para proveerme y proveer al mundo de múltiples versiones de la realidad, de discursos no oficiales, de imágenes duraderas que puedan instalarse en el alma y nos hagan asomarnos al horror del dolor ajeno al considerarlo como una posibilidad de lo propio. La literatura como faro para mirar por encima de nuestras ridículas murallas, o como pala para excavar debajo de ellas y extraviarnos, a ver qué encontramos.
Jesús Miguel Soto Rincón


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