Bohumil Hrabal. Una soledad demasiado ruidosa

soledad ruidosaEntre las maravillas que compensan el pesar de no poder leer jamás todo está la maravilla de descubrir; claro que este milagro igual puede ocurrir en muchas relecturas o en primeras lecturas de autores y libros pendientes. El caso es que hace poco descubrí un libro del escritor checo Bohumil Hrabal; o más precisamente descubrí a Bohumil Hrabal a través de uno de sus libros: Una soledad demasiado ruidosa.

El protagonista de la historia, Haňt’a, lleva más de tres décadas prensando desperdicios y papeles: de regalo, de embalaje, el de la carnicería manchado de sangre y también el de libros y pinturas que han sido desechados. Ese trabajo mecánico en la fragua subterránea, en el que Haňt’a logra entrever la “voluptuosidad de la devastación”, entraña un revés que acaso es la actividad vital de su tarea: rescatar algunos de esos libros para que sus ideas acompañen su soledad y también, con la misma solemnidad con que se despide un cuerpo, darles sepultura a otros libros entre los paquetes comprimidos que prepara.

El ruido no es sólo el de las máquinas aplanadoras (un ruido similar al que producen los huesos sobrantes del cuerpo cremado de la madre de Haňt’a al ser triturados con un molinillo, imagen que nos hace pensar que siempre hay algo esencial que se resiste al fuego) sino es el estruendo luminoso de las palabras impresas, de bibliotecas enteras que continuarán hablando pese a la destrucción de la materia “porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo”. El ruido que acompaña su soledad es el del pensamiento, pero sobre todo el del pensamiento en su acto de resistir al fuego.

Hrabal vivió en la Checoslovaquia comunista; y entre sus múltiples actividades trabajó en una planta trituradora de libros censurados por el régimen. Respiró de primera mano la prohibición, el control, la destrucción. “No soy más que un pequeño ratoncito al que dos miembros de la brigada socialista de trabajo prensan en mi sótano junto con el papel viejo”, sueña Haňt’a, pero a sabiendas de que ni aún triturando cabezas humanas se podrá acabar con el ruido que entraña la actividad de pensar, de entar en “el corazón mismo de la verdad”.

Además de todo esto y de los episodios con su novia fallida apodada Mari La cagona, a quien su propia mierda siempre le arruinó la posibilidad de momentos gloriosos, me quedo con esta frase  de Hrabal para tallarla en la mesa de mi escritorio: “La luz de la vida se alza del fuego y el fuego surge de la madera que muere”.

JMS

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