No sé si debido a la reciente lectura de Auto de Fe de Canetti o a causa de los recientes acontecimientos en Venezuela (que arde una vez más pero sin de nuevo terminar de quemarse), llevo días soñando con bibliotecas, particularmente con la que dejé abandonada en Caracas. Sueño que debo embalar algunos pocos libros en un par de cajas y huir ante la inminencia de algo terrible, o que me dedico a hacer una selección desesperada de unos pocos que mandaré a traer casi que de manera clandestina.
Más allá de cualquier fetiche, la biblioteca personal es una forma de memoria que nos permite volver al lugar y momento de determinada lectura (de cuándo éramos otros) y también de volver a una alguna página como si fuera nueva, porque es sabido que durante la lectura hacemos nuestras paradas en distintos lugares del viaje: hay pasajes que nos retienen mucho más y otros que transitamos con más apremio o aún encandilados por uno que acabamos de pasar.
Hay en esos sueños (que son antesalas y epílogos de otras pesadillas) un deseo de querer volver a lo ya conocido y de querer andar por un pasaje desdibujado que intuimos, de encontrar esa página con un subrayado indeciso (pues no parecía tan revelador como ese otro grandilocuente coronado por notas) o esa página sin mácula que quizá nos depara algo nuevo.
La biblioteca es un edificio de muchas entradas. Quizá no extraño tanto las habitaciones sino ese deambular por los pasillos pero sin quedarse en ninguna. O sólo basta a veces con mirar el lomo de uno y seguir de largo; he ahí también una operación de sensaciones. Es un paseo que no compensan las citas copiadas en cuadernillos, ni tampoco otras ediciones de esos mismos libros manoseados.
JMS
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