El error, César Aira

El error es que pensemos que podemos ir de A a B, o de A a C, o de A a Z, o que una historia puede contarse en esos términos, cuando sabemos que entre cada uno de esos puntos hay también una distancia por cubrir, y en ese distancia hay otros dos más y así sucesivamente. El error es ignorar ese detalle (y acá quizá estoy aludiendo al cuento Cecil Taylor*, también de Aira).

el-error-cc3a9sar-airaSin embargo, abrimos la novela El error y acaso esperamos que nos lleve a algún punto, como inevitablemente ha de ser ese lento abanicar de páginas que se conoce como lectura. Un personaje al comienzo del libro cruza una puerta que dice Error (una única puerta para que no quede posibilidad de error), y he allí la posibilidad de infinitas historias que vuelven ridícula la palabra fin.

Contar una historia entre dos puntos encarna la proeza absurda de desagotar un lago para reparar una ínfima fisura, como hacen los ingenieros en el interior de la mítica Selva Cinco en el corazón de El Salvador; esa fisura que es el coladero donde se puede evadir cualquier trama, la propia puerta de error que viene con cada historia (como las páginas en blanco al azar en las novelitas de aventuras que leen las presidiarias –que son también fisuras, manchas luminosas que interrumpen y que por invitar a rellenar son decursos insospechados). En esta novela todo es bifurcación, o trifurcación o más, imagen apuntalada en el avión que en pleno vuelo desprende avioncitos hasta conformar un enjambre de máquinas que se pierden a lo lejos.

Así lo atestigua durante una de sus huidas el mítico bandolero Pepe Dueñas, personaje de la novela, de quien se dice que “Lo hizo todo mal, pero le salió bien”, y justo porque no planificaba sus aventuras sino que cada paso le daba la dirección del siguiente. Y así en su constante fuga hasta que por primera vez le toca planificar, es decir, pretender ilusamente que puede ir de A a B, o de A a C, o de A a Z; o en otras palabras, escribir a conciencia su historia para omitir o anular todas las posibilidades del fracaso, y allí se revela la luminosidad del error de esa proeza.

“Ahora no sólo estaba pensando sino que estaba tratando de hacer el relato antes de que sucediera (eso era la planificación); en sus aventuras, el relato siempre había venido después, y por sorpresa. ¿Sería un error, lo que estaba haciendo, o iniciaba una nueva etapa en su profesión, un «estilo tardío», más razonado, menos intuitivo?”, escribe Aira y acá me gusta leer un poco los métodos de composición del propio escritor, esa forma de relatar donde el relato surge a cada paso, o no.

“Se preguntó si cada paso del plan lo obligaría a retroceder a un plan anterior, y éste a otro anterior, en el consabido infinito en el que se pierden los que quieren hacer las cosas bien”, se dice de Pepe Dueñas.

Pues se sabe que el hombre de acción no planifica, las aventuras no se pueden planificar, no puede detenerse a reparar fisuras, no al menos sin caer en la desesperación del fracaso ahí en los talones de cada paso.

* “Ahí estaba el error. En el paso del fracaso al triunfo, como si fueran el punto A y el punto B que une una línea. En realidad el fracaso es infinito, porque es infinitamente divisible, cosa que no sucede con el éxito”, escribe Aira en el relato Cecil Taylor.

Jesús Miguel Soto

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