Estos días libres retomé el hábito de caminar por la ciudad con cierta libertad, sin rumbo ni relojes, caminarla de nuevo para reafirmar y recordarme que, por ahora, soy sólo un visitante y que tardaré algún tiempo más en apropiarme realmente de sus calles, de sus ruidos. Es una práctica que también hacía en mi propia ciudad y que hago en cada lugar donde paso un tiempo. Caminar me revela no a la ciudad sino a mí en ella, me hace calibrar mis dimensiones con cada paso que hago y deshago, y al mismo tiempo convierte todo el tráfago en una música con otra cadencia, como si el andar por rutas que no me son cotidianas me permitiera tomar distancia de los ruidos, de los carros, de la gente para verlos bajo otra luz y para imaginarme a mí mismo siendo iluminado por otra luz o cubierto por sombras nuevas. Caminar por la ciudad también me hace sentir como si diera un paseo en la naturaleza en donde el barullo, las formas, los olores y los colores se vuelven momentáneamente nuevos y hasta exóticos; lo cual es sin duda un poco mucho de idealización, sobre todo acá en Ciudad de México, cuyas dimensiones (todas, y no solo las de longitud) son difíciles de digerir, lo cual no deja de ser tampoco otro forma de idealización: una ciudad sin límites y por lo tanto sin forma, sin un contorno que pueda dar la idea de continente. En fin, vuelvo entonces a la idea de que caminar es reafirmarse, mirarse a sí mismo, airear los pensamientos para quitarles el polvo y el peso. Caminar tiene ese cualidad para mí de dispersarme y enfocarme a un tiempo; también me hace escribir más por esa cualidad de que las ideas empiezan a moverse y por lo tanto a conectarse y a dar forma a nuevas figuras y porque otras ideas se van desmoronando y las voy abandonando en el camino como el prisionero que deja en el patio de recreo las evidencias de su ansiada fuga en forma de migajas que han de perderse.
JMS








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