Caracas. La noche. Una novela de Blanco Calderón

The-Night-portada-Las noches caraqueñas se han ido volviendo más oscuras, con la densidad de ese horror turbio y verborreico que entrañan las revoluciones. En la novela The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, leemos una Caracas alejada de esa refulgencia providencial que es el Caribe y nos adentramos en una ciudad a la que se le han ido apagando sus bombillos y la vidas de sus habitantes. Una noche alargada donde reinan demonios insaciables.

Varias historias confluyen en el entramado de esta novela, como piezas arquitectónicas de una ciudad circular y paranoica que huye de su propia persecución. Para mí, la historia más significativa es la del legendario poeta venezolano Darío Lancini, de cuyo prodigioso libro de palíndromos Oír a Darío escribe Blanco que “es un rompecabezas que funciona al revés: su imagen final se completa desarmando las piezas”. Dentro de “esa lenta premonición que es el arte” me gusta entender que la novela nos invita a leer a la ciudad de esa misma manera, a ir desmontando las diferentes tramas del horror para tratar de entenderlo desde su núcleo, encontrar la palabra que lo enuncie.

¿Son realmente las palabras el origen del mal?, le pregunto al libro mientras esa premisa se va desovillando. No sé si sólo del mal, pero en todo caso son un origen, un regreso. Por eso no es casual que las historias de la novela se entreguen a través de la voz un psiquiatra (Miguel Ardiles), quien afirma que un paciente “es alguien que no sabe o no puede contar su propia historia”.

Volver a las palabras, quién sabe si para conjurar el mal nombrándolo. Acá los palíndromos vuelven a ser relevantes como símbolo de esa búsqueda; no son mera escritura en espejo; su segunda lectura, la de vuelta, ya no puede ser la misma que la de ida; los palíndromos no implican un mero releer, sino que son un portento lúdico que me gusta entender como una resistencia ante la falacia de los espejos, un subrayar el mensaje secreto que ellos entrañan: la mirada del que mira mirarse, que no es la misma de quien responde a una mirada. Involcuran el tipo de lectura paranoica que tan bien encaja en una ciudad como esta Caracas herida e hiriente.

¿Dónde comienza y donde acaba el sentido?, cabe preguntarse; y en esa búsqueda (en palabras del autor) “¿Qué hacer? Se puede retroceder, como Saussure, o se puede seguir hasta el final, como Joyce. Y después morir. El loco es el que se queda en medio, atrapado en el fuego cruzado del sentido y el sinsentido”. El horror es acaso no hacer el camino de ida y vuelta, el quedar atrapados dentro de una ciudad carnívora, oscura, en medio de una de las noches más oscuras. Duele imaginar cuál será el rostro de la ciudad (del país, lo que queda de él) cuando al fin se vuelvan a encender las luces.

 

JMS

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