Los cascos de los caballos que cada tanto retumban en la tierra apisonada del hipódromo reviven esa música ancestral de guerra o circo, de invasión o partida, de carnicería o de juego. En todo caso es un sonido que me reconforta, como el del crepitar de un primer fuego. Me gusta el hipódromo no solo por la percusión sincronizada de las pisadas en carrera; también por el fascinante y esquivo azar, por la elástica y sensual musculatura de las bestias, por los papeles de apuestas en el suelo que al final son como las ascuas que atestiguan una tumultuosa jornada, y -por supuesto- por los nombres de las yeguas y potrancas que entrañan un festín de lentejuelas y oropel.
JMS
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