Victoria de Stefano. La marcha del espíritu

Pensar la vida, pensar en que se piensa, pensar lo pensado, lo vivido y lo por vivir, lo no vivido… he ahí la marcha incesante del espíritu que lleva sobre sus lomos ese cuerpo al que no le alcanzarán las horas.

En Historias de la mmarcha a piearcha a pie, novela de Victoria de Stefano, asistimos a ese andar iluminados por la sensatez de saber que no hay llegar, una marcha sin destino, o donde el destino es el propio tránsito: “No la felicidad misma, sino sus rutas siempre nuevas, sus maravillosos e inesperados avatares, lo improbable, lo increíble que solo el acaso puede brindar”; es el viaje, el movimiento, la inquietud, esa “errancia” que Stefano bien sabe escribir junto a la palabra “libertad”.

Es la marcha también del cuerpo que carga sobre sus espaldas el peso de los libros, de la sabiduría que alterna los rostros de la belleza y del desencanto. Libros que terminan siendo la propia conciencia de quien los porta (como la autora dice del personaje Franz), y con los que hay que cargar siempre para bien o para mal. Es el peso de la sabiduría que ante la muerte y el olvido se sabe chueca, parcial y acaso condenada a yacer bajo “un metro de sedimentos por mil años de historia”.

De allí también esa frase del libro que bien vale un tatuaje en la nuca: “Resistir. Vencer no, resistir”; resistir pero avanzando, despojados y liberados de las verdades absolutas (seguras áncoras del conformismo que son lo opuesto al marchar), resistir con el temblor de la incertidumbre bajo los pies (porque “¿acaso las dudas y los enigmas no constituyen una parte fundamental del saber?”).

Y aunque Stefano insinúa que de la gloria perdurará siempre y nada más que “el plano de una derrota”, no es pesimismo lo que emerge de sus páginas sino más bien una invitación a recordar el epígrafe de Píndaro que corona los célebres versos de Valéry: “no aspires a la vida inmortal, pero agota toda la extensión de lo posible”.

Jesús Miguel Soto

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