La filosofía del divino marqués

La filosofía en el tocador o Los preceptores inmorales condensa muchos de los tópicos de la filosofía del marqués de Sade. En siete diálogos y un folleto panfletario asistimos a la educación de la joven y virgen Eugenia en el camino de las depravaciones por sus libertinos instructores: Dolmancé, la señora de Saint-Ange y el hermano de ésta, entre quienes hay una relación incestuosa. La ingenuidad de Eugenia va dando paso poco a poco al descubrimiento de una nueva moral a través de las más extravagantes formas del placer.

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Las palabras lección, educación, instrucción son reiteradas a lo largo de sus páginas para referirse a un proceso de derrumbe de viejos preceptos. Y el espacio de esta formación no es de los colegios o conventos, sino el espacio íntimo del tocador (el boudoir), el cuarto donde se desnudaban y se vestían las señoritas. Es allí, en ese espacio cerrado, puertas adentro, donde se desarrolla una filosofía privada que se opone a la pública.

El instructor Dolmancé, versado en todo tipo de goces, orgulloso de llevar las etiquetas de cruel, impío e inhumano, va desmontando poco a poco las creencias y pudores de Eugenia. La violación a las costumbres se producen en el marco de una violencia justificada por nuestra condición de hijos de la naturaleza. Además, tampoco se trata de violar las costumbres de manera furtiva y sentirse culpables; se trata de erigir nuevas leyes, una ley a la medida propia, casada con los impulsos que nos exige la ley natural.

Dolmancé, en quien acaso puede escucharse la voz del propio Sade, arremete contra todo lo establecido, contra todas las instituciones (particularmente contra la religión cristiana que considera una sarta de engaños, manipulaciones y tonterías), contra el matrimonio, la necesidad de procreación, los privilegios hereditarios así como contra los típicos valores de castidad, pureza y caridad.

En el infierno que puede ser la vida, solo el goce es salvación, tal como escribe Sade en la dedicatoria del libro dirigida a los libertinos: “sacrificando todo a la voluptuosidad es como el desgraciado individuo, conocido bajo el nombre de hombre y arrojado a pesar suyo sobre este triste universo, puede lograr sembrar algunas rosas en las espinas de la vida”.

Para Rousseau el hombre es bueno y libre en la naturaleza pero corrompido y encarcelado por la sociedad; y Sade retoma el hilo a su manera insistiendo en que los impulsos naturales del hombre son reprimidos por la sociedad, cuyas leyes están hechas para esclavizarlo, a cambio de unos exiguos beneficios. Debemos ser lo que la naturaleza quiere que seamos, insiste Dolmancé; si deseamos cualquier tipo de placer no hay por qué reprimirlo, la nimiedad del dolor ajeno no debe ser un impedimento: “ crueldad está en la naturaleza; todos nosotros nacemos con una dosis de crueldad que sólo la educación modifica” Una crueldad que no debe ser juzgada, sino ejecutada: “La naturaleza así lo manda”.

A su vez, la Señora de Saint-Ange, quien se jacta de haber estado con más de diez mil individuos, no sólo goza de Eugenia sino también complementa la instrucción filosófica del depravado Dolmancé. Ante el titubeo de Eugenia, ella le recalca que las leyes humanas que contrarían las de la naturaleza deben ser despreciadas, y que a fin de cuentas la virtud como el vicio se confunden en la tumba. En esa relativización todo es aceptado si nos resulta placentero, incluso el asesinato; pues ante la ausencia de ley divina (cuestión que siempre es negada en el mundo de Sade), la ley natural es nuestro único medidor. Además, dado que la variedad de costumbres en el mundo son tan diversas, lo que es crimen en un lugar es considerado como virtud en otro. “No hay horror que no haya sido divinizado, ninguna virtud que no haya sido reprobada”, le explica Dolmancé a la ya desflorada y sodomizada Eugenia.

Eugenia ocasionalmente hace preguntas, y para sacarla de sus titubeos siempre recibe una respuesta verbal así como una estimulación de los sentidos, que refuerzan la validez de esa filosofía en que está siendo imbuida. “La virtud no tiene fundamento alguno en la mecánica de los eventos naturales del que somos una mínima parte”. le explica Dolmancé a la ya ahora perversa Eugenia.

Sade_-_Philosophie_dans_le_boudoir,_Tome_2,_1795,_illustration_-_0002Toda esta filosofía basada en el egoísmo más absoluto subraya que los seres humanos (y en consecuencia todo sus sistemas de valores, creencias y costumbres) no son nada en la dinámica de la naturaleza. En el caso que “la especie humana entera se aniquilaría, el aire no sería menos puro por ello, ni el astro menos brillante, ni la marcha del universo menos exacta”. De esta lapidaria afirmación se desprende entonces una forma de vivir la vida sin reprimirse ni censurarse.

Del placer sexual, Eugenia ha pasado al deseo del placer criminal. La ardiente jornada de instrucción ha rendido frutos; la ingenua flor es ahora un portento inconmovible, sin restricciones, ni frenos para su lujuria. Ha sido bautizada mediante todo tipo de fluidos en esa cofradía de libertinos libérrimos, y a modo de graduación terminará ella infligiendo un atroz castigo a su madre, liberándose así material y simbólicamente de todo yugo pasado.

JMS

PS: una versión extendida de esta entrada fue parte de un prólogo que escribí para el libro acá comentado, editado por la editorial EMU en 2015.

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