La voz de Samanta Schweblin es una renovada forma de mirar y contar el horror. Para decirlo con ella: “Era algo nuevo y todo lo nuevo debía ser mencionado”, como escribe en su relato La respiración cavernaria.
Sus cuentos (los de Pájaros en la boca y Siete casas vacías) escarban entre las carnes más hondas de la locura, el miedo, la pesadilla y el absurdo pero contenidos dentro de los apacibles −en apariencia− contornos de la realidad. Leerla es como caminar, mejor dicho como patinar durante un paseo familiar sobre una dilatada superficie de hielo, sin orillas visibles, y a cada tanto atisbar difusas formas oscuras que se mueven bajo nuestros pies. «Todo objeto se compone de millones de partículas que se desplazan y aun así Benavides no logra percibir en el cuarto nada que pueda ser considerado movimiento», escribe en La pesada valija de Benavides; es ese el horror al que me refiero, saber que algo ocurre pero sin saber exactamente qué.
Más que una exploración en los territorios de lo oscuro, creo que sus cuentos traen eso oscuro y lo sientan en nuestro sofá (o lo empacan en la maletera del coche) para que la luz temblorosa de una lámpara lo manche con un poco de luz, no para verle el rostro sino para saber que está ahí. Es una forma de decirlo; también podría decir que con sus cuentos somos llevados de la mano hacia eso que Schweblin llama «el núcleo del disturbio».
Un horror que se engulle y se regurgita a sí mismo en busca de redefinirse, y que invita a mirar lo normal con extrañamiento, y a mirar con rareza lo que la fuerza de la costumbre y de las imposiciones nos han hecho pensar como lo normal. He allí gran parte de su apuesta.
“Desde un banquito de la estación, [Gruner] mira el inmenso campo seco que se abre hacia los lados e intuye que pronto sucederá algo terrible”, escribe Schweblin en el relato Hacia la alegre civilización, y ese legítimo temor, esa sospecha del inminente horror es lo que colma sus libros de una intensidad muy cerca de lo letal.
JMS
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