Hay libros que te hacen volver a una ciudad para recorrerla a través de entrañas inéditas. Uno de ellos es la novela de Teju Cole, Open City, en donde la ciudad de New York (y más precisamente Manhattan: esa hermosa cuadrícula que apabulla con su ordenado desquicio, sus rascacielos y su inherente cualidad de isla que se mira a sí misma) es presentada como un lugar para nutrirse en el deambular de sus calles, para perderse dentro de sus confines, y en donde trazar un sendero que conecta con otros lugares y otros tiempos. Por eso es también un libro sobre la memoria, sobre los recuerdos que pueden ser recobrados a través del viaje; no sólo en el vagabundeo dentro de la isla, sino más allá, como el viaje a Bélgica que el protagonista termina realizando.
En Open City, si la memoria es un regalo, el personaje acaso necesita sacrificar algo para acceder a ella. En este sentido me interesó particularmente una referencia a la ceguera de Homero, de la que muchos piensan “es una especie de canal espiritual, un atajo hacia los regalos de la memoria y de las profecías”. Y luego, refiriéndose a John Brewster, un pintor norteamericano sordo, Cole afirma que “su ceguera hizo de él un relegado, y sus imágenes estaban imbuidas con lo que aquél largo silencio le había enseñado: concentración, suspensión de tiempo y un discreto ingenio”. Perder algo, para recibir algo; no digamos una compensación (que sería muy burdo) sino más bien todas las posibilidades que la carencia ofrece.
Digamos que en el protagonista su carencia es que es un desplazado, alguien que habita en los márgenes. Desplazado de su patria de origen, Nigeria, y de la ciudad donde vive Manhattan (“la más extraña de las islas”), ciudad en la que todos sus habitantes ignoran sus aguas, una isla que es en sí misma un laberinto, un libro y una tumba; y en la que una tienda, un museo, una plaza, un avión, uno de sus pacientes de su consulta psiquiátrica o algún transeúnte son excusas para detenerse y reflexionar sobre eso que llaman vida.
Aparentemente no hay lugar para él, o para ser más preciso, no hay lugar físico para él: solamente (y es un sólo enorme, que se basta con la misma soberbia de una isla que se basta a sí misma) la música, el arte, las historias que le cuentan (en calidad de psiquiatra y de paseante) son los lugares en los cuáles sentirse estar por un momento.
Dentro o fuera de la isla (o dentro o fuera de sí mismo) abunda la fragilidad y la violencia. Fragilidad a causa de nuestra condición humana, que Cole describe como “este infinito ser zarandeado como una nube”. Y vívida violencia repetida en todo lugar y en todo tiempo, desde los genocidios perpetrados en América o Ruanda hasta esas pequeñas y cotidianas dosis de “violencia deportiva” que la ciudad le prodiga incluso a él, y también, por supuesto, la violencia de la cual él mismo es responsable.
La memoria que se teje y desteje acá es recuento y encuentro con la violencia y la muerte, pero también con el arte, tal como anota sobre El Entierro del conde de Orgaz (pintura relacionada para siempre con el recuerdo de la muerte de su propio padre) y sobre la Novena Sinfonía de Gustav Mahler, muy presente a lo largo de la novela y atada a la propia muerte del compositor.
Cuando Cole afirma que “el primer movimiento de la Novena Sinfonía es como un gran barco que desliza pesadamente fuera del puerto, pero a pesar de ello enteramente grácil en su movimiento” es inevitable pensar en la parte final del libro donde se habla de los reyezuelos que vuelan hacia la muerte, seducidos o confundidos por la llama de la Estatua de la Libertad, acaso el mismo tipo de muerte espiritual que experimenta el personaje a lo largo de su ir i venir, de su ir y venir…
JMS
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