“¿Qué clase de hombre era Wakefield”?, pregunta Hawthorne en un intento de ahondar en el singular comportamiento de este hombre aparentemente anodino, de quien escribe: “¿quién podría haber anticipado que nuestro amigo se encumbraría al más prominente lugar entre los hacedores de excéntricas hazañas?”
No resulta sencillo penetrar en un carácter que asciende (aunque bien podría decir desciende) desde una burda vida monótona hasta el territorio de lo excepcional. No obstante, Hawthorne sugiere un indicio en el que, si gustamos, apuntalemos un punto de observación; se trata de la esposa de Wakefield, su Penélope que después de veinte años continúa allí, no sabemos si esperándolo, tampoco resistiendo a tentaciones y ofensas, apenas inmóvil, acaso en un esfuerzo por tratar de ralentizar el tiempo.
¿Qué clase de mujer era Mrs. Wakefield? Al comienzo de la desafortunada broma que Mr. Wakefield le juega a ella, su esposa experimenta una especie de crisis que termina derivando en un corazón triste, pero tranquilo, en las palabras de Hawthorne. Intuimos que él quisiera hablarnos un poco más del proceso de dolor y apaciguamiento de la esposa, y que ella acaso merece también que su propia historia sea contada; de hecho, en algún momento del relato, luego de haber penetrado en los pensamientos de ella, afirma con la intención de no dispersarse: “Pero nuestros asuntos son con el esposo”. Sin embargo, acá sí pretendemos leer un poco el otro lado de la historia.
Es un hecho que ese hombre sin compasión y de sonrisa taimada quiso -de un modo retorcido- poner a prueba a su mujer, con una obra que trasciende la simple broma. Él la dejó herida, y aunque sus cicatrices sanaron con relativa prontitud, la dejaron confinada en un estado de profunda insensibilidad tal que aunque su esposo retornara ella no volvería a sentir ninguna emoción febril hacia él. “Es arriesgado abrir un abismo en las afecciones humanas; no porque estas heridas sean muy profundas, sino porque tardan muy poco en sanar”, como bien escribe Hawthorne.
Acaso Mr. Wakefield no conocía tan bien a su esposa como ella a él. Y es probable que ella sí pudiese explicar qué clase de hombre era Mr. Wakefield.
La señora Wakefield sabía que la rara sonrisa de él ocultaba una “macabra vanidad”. Y esa sospecha es subrayada por Hawthorne cuando observa que: “Ella, sin haber analizado su carácter estaba parcialmente al tanto de su callado egoísmo que había ido horadando su mente inactiva (un particular tipo de vanidad, su atributo más incómodo), de una inclinación a la astucia que rara vez se evidenciaba más allá del mantenimiento de pequeños secretos que no valían la pena descubrir, y de lo que ella llamaba una ligera rareza, ocasional, en el buen hombre. Cualidad última indefinible y quizá inexistente”.
Ello no implica que ella conocía por completo a su consorte de diez años. Pero el que ella haya detectado esa ligera rareza ocasional (en este sujeto aparentemente común) es un indicio para sugerir que acaso ella no estaba totalmente impresionada cuando él finalmente tocó la puerta después de su larga ausencia.
Como también me gustan las preguntas (no sólo en el sentido epistemológico sino también en el aspecto rítmico) ahora aventuro: ¿Sabía Mr. Wakefield qué clase de hombre era él mismo? Él sospecha, y así lo declara, que está loco. Y su esposa es capaz de entrever ese hecho con mayor finura que él; su extraña sonrisa aparece en sus pensamientos, incluso cuando lo ve en su ataúd o cuando imagina su espíritu flotando en el cielo; y a causa de esas visiones ella se arriesga a dudar y a pensar que no es una viuda y que su esposo no está muerto, como todos creen.
Cuando Mr. Wakefield finalmente decide cruzar de regreso el umbral de la casa que abandonó, él considera (con mucho de su secreto egoísmo) que su esposa no ha cambiado pues ella, como si no hubiese pasado nada (como si aquella broma hubiese sido pactada por ambos) le trae su abrigo que ha conservado cuidadosamente en la recámara.
¡Qué vanidad tiene ese hombre que no ha cambiado en absoluto (sin ninguna aventura vivida en dos décadas lejos de su Ítaca) y que piensa que su esposa es todavía la misma. Al final, este “paria del universo” termina siendo un esposo devoto hasta la muerte”. ¿Pero en qué tipo de mujer se fue convirtiendo secretamente esta mujer durante los años de viudez?
(PS: Gracias a la recomendación de una amiga que leyó esta entrada, llegué al conocimiento, aunque aún no a la lectura, de la novela llamada La mujer de Wakefield, del escritor argentino Eduardo Berti. Seguro allí está un reverso de la historia que más de un lector intuyó).
JMS
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